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En la Residencia de Mayores «El Cuartillo» de Cáceres, conocida como la Asistida, perdieron la vida 75 personas en los momentos más duros de la pandemia, según los datos oficiales. Sin embargo los familiares de las víctimas, que el pasado 31 de julio presentaron en los Juzgados de Cáceres una querella criminal contra la dirección del centro por su «actitud negligente», elevan esa cifra hasta las 93 personas.

Jacinta Paniagua perdió a su madre en cuatro días. Murió el día 29 de abril a pesar de que el personal del centro llevaba días asegurando que se encontraba «muy bien».

«A nivel personal lo he pasado fatal desde el principio, sobre todo desde que cerraron la residencia; ha sido una angustia y un estrés continuo, porque teníamos muy poca información y podíamos hablar con ellos muy poco hasta que desde primeros de abril ya no pudimos hablar», lamenta al recordar lo sucedido.

Víctima de una crisis sanitaria que se ha llevado por delante la vida de más de medio millar de personas en Extremadura, Jacinta Paniagua no olvida la fecha del 29 de abirl. Hacia las 9.30 de la mañana recibió la llamada del geriatra para comunicarle que su madre había fallecido como consecuencia de una insuficiencia respiratoria.

«A partir de ahí la llevaron al tanatorio y no se la podía ver; al día siguiente se incineró y la Residencia Asistida envió un ramo de flores, pero nadie se puso en contacto con ningún familiar para darnos el pésame», recuerda emocionada.

«Yo la llamaba y ella ya no podía hablarme, intentaba hablar pero no podía, pero me decían que estaba muy bien hasta que me dijeron el día 14 de abril que estaba contagiada y el 18 de abril me informaron que estaba francamente mal, prácticamente terminal. A partir del 14 me dijeron que se encontraba en la zona de contagiados con un poquito de fiebre y de tos y a partir de ahí te llamaban todos los días, pero para darte el dato de la fiebre y de la tos», lamenta.

Durante una quincena de marzo Jacinta llamaba al centro y hablaba con ella; unas veces estaba en el comedor con el resto de usuarios del centro y otras veces en la habitación, pero le aseguraban que estaba bien.

«A primeros de abril que se confinaron en las habitaciones ella estaba acostada siempre y yo hablaba con ella y veía que estaba mal, muy deprimida; incluso me llamó dos veces pero no podía hablar, lo intentaba y emitía sonidos, pero no podía hablar», asegura.

Días antes de morir su madre, Jacinta hablaba con la doctora y con la geriatra de la planta y la decían que estaba bien. Y lo recuerda emocionada: «Decían que estaba un poco confusa pero muy bien, y en tres o cuatro días me dijeron que estaba prácticamente para morirse».

El día 18 de abril ya fue informada de que llevaba varios días sin comer y que no remontaba, por lo que pidió que dejaran visitarla, pero su petición fue denegada «porque estaba muy deteriorada y me iba a quedar con esa imagen». El día 22 de ese mes el Servicio Extremeño de Salud anunció que iba a permitir las visitas a los familiares de enfermos terminales, lo solicitó y el geriatra autorizó la visita el día 24

«Estaba en estado terminal; si pesaba 20 kilos era mucho; estaba totalmente inconsciente y no me conoció, pude verla, me despedí de ella pero fue tristísimo, una situación muy dura».

Ahora recuerda el sufrimiento que pudo tener su madre, que tenía sus facultades mentales intactas, por lo que imagina que hasta que falleció sufrió mucho; «en soledad, metida en una cama, ha debido ser horroroso para todos, un final terrible».

En su opinión, la desorganización del centro y su actitud negligente han tenido mucho que ver con el resultado final.

«Me enteré por una trabajadora que había días que los confinaban en las habitaciones y otros que bajaban al comedor; en lugar de sentarse cuatro en la mesa lo hacían dos, pero en la espera estaban juntos; además todos hablaban por el mismo teléfono», asegura.

Los familiares de los residentes solicitaron a la dirección de la residencia que los usuarios que no estaban contagiados fueran ingresados en un centro de discapacitados de Proa que estaba vacío, pero rechazaron su iniciativa «porque estaba todo controlado». Aseguran que les ofrecieron mascarillas y batas y a todo dijeron que no.

«Todas las ideas que les dimos tenían un no; cerraron las puertas y el resultado es el que vemos: muertos y más muertos».

Jacinta Paniagua lamenta que tardaran tres días en informarle que su madre estaba contagiada y asegura que las personas que han sobrevivido «se encuentran en una situación muy mala y los familiares dicen que sigue habiendo una opacidad total».

«Ayer me enteré que no les cambian la ropa de invierno por la de verano y te puedes encontrar a un familiar con un jersey; eso permite hacernos una idea de lo que es la vida en esa residencia», dice Jacinta con resignación.

«No podemos saber exactamente qué ha pasado porque no estábamos allí, pero el resultado ha sido catastrófico; son personas mayores, pero si se hubieran organizado mejor esto no habría pasado», concluye.