Un reino sobre el río: el secreto milenario de Medellín
El castillo forma parte de un conjunto excepcional que puede ser visitado. A sus pies, el teatro romano, en su interior, los restos de la iglesia Santa María del Castillo, levantada sobre una antigua mezquita. Roma, al-Ándalus y la Castilla medieval han hecho de esta fortaleza uno de los grandes baluartes de la historia de Extremadura.
A primera vista, el Castillo de Medellín parece surgir de la propia tierra, como si el cerro donde está ubicado y la fortaleza estuvieran unidas. No es una cuestión estética, si no que su ubicación responde a una necesidad antigua, la de controlar el paso del río Guadiana y vigilar un territorio clave en las comunicaciones del suroeste peninsular. Desde este punto, todo se observa y durante siglos, todo lo importante pasó por aquí.
Mucho antes de sus murallas actuales, que pueden ser visitadas, este enclave ya era valioso. Los romanos instalaron aquí un núcleo ligado a Metellinum, conscientes de que quien dominaba este paso, dominaba el territorio. Siglos después, bajo al-Ándalus, las crónicas de la época describen una fortaleza viva y poblada, de la que aún perduran huellas silenciosas: el aljibe, la alberca y restos de muros que aún respiran parte de esa vida islámica.
Con la llegada de los cristianos y la conquista por Fernando III, el castillo se convierte en la pieza de un tablero político inestable. En 1354, el rey Pedro I el Cruel ordena su destrucción total. No fue una guerra, fue un gesto de poder para borrar una fortaleza para castigar una traición. Pero volvió a levantarse. Enrique II de Castilla lo reconstruye poco después, y de ahí nace la fortaleza que hoy se contempla, más sólida, más compleja y más preparada para resistir.
NADA ES DECORATIVO
Nada en el castillo es decorativo. Su planta irregular, adaptada al cerro, tenía una función estratégica. Sus dos patios de armas, separados por un muro transversal elevado, permitían dividir la defensa y resistir incluso cuando una parte caía.
El conjunto se protege con un doble recinto amurallado: la barbacana exterior actúa como primera línea, mientras el núcleo central está destinado a la resistencia. Las torres principales, conectadas entre sí, servían para vigilar todo lo que sucediese. Además, había torreones, cubos y adarves.
En el siglo XV, bajo la familia Portocarrero, el castillo alcanza su momento de mayor intensidad. Se refuerzan defensas, se abren troneras, se perfeccionan accesos. Pero, sobre todo, se convierte en escenario de guerra.
Durante la lucha por la corona de Castilla, sus muros se alinean con Juana la Beltraneja frente a Isabel I de Castilla. Aquí resistieron tropas portuguesas, aquí se sostuvo una causa que acabaría derrotada. El castillo no fue solo arquitectura: fue posición, decisión, riesgo.
GOLPEADO POR LA HISTORIA
Siglos después, la historia volvió a golpear al castillo. Durante la Guerra de la Independencia Española, tras la batalla de 1809, la fortaleza sufrió daños importantes que tuvieron que ser restaurados.
Roma, al-Ándalus y la Castilla medieval han hecho de esta fortaleza uno de los grandes baluartes de la historia de Extremadura, donde se puede contemplar un lugar donde cada piedra ha sido levantada, derribada y vuelta a levantar por razones distintas, pero siempre con el mismo objetivo, resistir y vigilar el suroeste penínsular.
Hoy, el castillo forma parte de un conjunto excepcional que puede ser visitado de 10.30 a 14.00 horas y de 16.30 a 20.00 horas todos los días de la semana. Durante nuestra estancia en la fortaleza también podemos ver, el teatro romano y los restos de la iglesia Santa María del Castillo, levantada sobre una antigua mezquita.