El mes de agosto es recordado como el primer paso que el hombre dio en una carrera armamentística atómica. El 6 y 9 de agosto de 1945, dos ciudades japonesas son arrasadas. Hiroshima y Nagasaki fueron bombardeadas pereciendo 300.00 personas como consecuencia de las radiaciones y si para algunos historiadores supuso el final de la segunda guerra mundial (el 14 de agosto un mensaje de radio informaba de la rendición del país nipón) para otros fue el inicio del desarrollo de las centrales nucleares en todo el mundo. Esa victoria impuesta de manera incondicional por el ejército de los EEEUU a Japón, sin otras soluciones diplomáticas, también supuso que no se pudiera acusar de este   acto como “crimen contra la Humanidad”. Estudios de la documentación de la época señalan que “con toda probabilidad Japón se habría rendido antes del 1 de noviembre de 1945 aunque no se hubieran lanzado las bombas”.

El científico A. Einstein y el filósofo B.  Russel impulsaron un movimiento social mundial a fin de buscar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales, pero la dependencia del armamento estadounidense y la situación de ruina en buena parte de Europa impulsaron una nueva industria de armamento, a la cual se sumó enseguida la URSS cuya militarización le llevó a su desaparición a finales de los años 80. (C. Castoriadis. “Ante la guerra: Las realidades”.1986).

Que hayamos denominado “guerra fría” a todo ese periodo hasta la caída del muro de Berlín, no oculta que se haya realizado en caliente en mucho otros lugares del planeta. Así el intento de exterminio de la población de Palestina por el estado de Israel poseedor de bombas atómicas, el enfrentamiento entre Pakistán y la India ambos con armamento nuclear, o la guerra en Irak, Libia, Yemen y Siria donde se ha usado munición de uranio tanto enriquecido como empobrecido, provocando cánceres y malformaciones congénitas.

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Que aún no ha terminado el negocio atómico, como bien nos recuerda la guerra contra Ucrania, que vuelve a enfrentar a potencias nucleares (EEEUU camuflado de OTAN y la Federación de Rusia) a fin de seguir produciendo el mayor negocio del siglo, la fabricación y venta de armas. La UE ha aceptado aumentar sus presupuestos militares precisamente en un momento de pandemia y emergencia climática arrolladora y acuciante. China no está lejos con su armamento militar nuclear.

Y hemos podido admitir esa situación de latencia siempre apocalíptica al introducir lo mortal del átomo para producir electricidad en muestras casas y negocios a lo largo de estos últimos 70 años; la primera central nuclear del mundo se construyó en la URSS en 1954, seguida dos años más tarde por Gran Bretaña.

Sí, todas las centrales nucleares del mundo tuvieron su comienzo en la pretensión de poseer la bomba atómica, que solo el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) iniciado en 1968 por EEUU, Gran Bretaña y la URSS, y en vigor desde1970, puso en evidencia. Los “átomos para la paz” no eran sino centrales nucleares camufladas de civiles, para con el uranio y plutonio generado en forma de residuos radiactivos poder obtener la fabricación de armamento nuclear.

El régimen de Franco también lo quiso y la central de Vandellós I de tecnología francesa (conectada a la red eléctrica en 1972, y cerrada en 1989 por un gran incendio) estaba destinada a tal motivo. La dictadura tenía previsto más de 40 centrales nucleares en toda España que solo los movimientos ecologistas frenaron y que la democracia redujo a solo 10 en funcionamiento.  España se adhiere al TNP en 1987, a fin de no usar los residuos radiactivos para la fabricación de bombas atómica, entonces se consideraba que renunciar al armamento atómico era perder soberanía nacional y no ser dueños del destino patrio. ( Lino Camprubi: “ Los ingenieros de Franco. Ciencia, catolicismo y Guerra Fría”. 2017).

Las promesas de energía barata e inagotable de las primeras centrales nucleares ocultaban ese origen militar, pero sobre todo defectos tecnológicos muy graves, además de una producción ingente de residuos radiactivos sin solución tecnológica aplicable que solo la confianza ciega daba por asegurado. Los accidentes con víctimas mortales son por todos conocidos, y los varios miles de incidentes constantes, de una energía que precisamente representa un escaso 10,5 % mundial.

No solo hoy el mineral uranio se acaba, sino que se ha demostrado que es una fuente de electricidad muy cara, donde todo el proceso (altamente emisor de gases de efecto invernadero) hasta la propia central está subvencionado, y la gestión de residuos radiactivos, así como los seguros de accidentes mayores, corren por cuenta de nuestros impuestos, por cuenta del Estado. Todo esto sin tener en cuenta el riesgo de accidente grave que ningún prototipo mejorado ha logrado despejar, pues las denominadas centrales de “nueva generación” llevan un mínimo de 12 años de construcción y una ingente inversión, requiriendo del compromiso político y económico del Estado donde se asientan.

Esto ha hecho que todas las industrias dedicadas al átomo hayan cerrado (Westinghouse y Siemens) y que solo las empresas públicas del átomo del Estado francés sigan empeñadas en proseguir (EDF y la nueva Areva, Orano) dada su alta dependencia de lo nuclear. Es por esta razón, que el gobierno francés sigue insistiendo en que la Unión Europea subvencione el átomo civil, pintándolo de verde, a pesar de que lleva tres años en los que las altas temperaturas y la sequía prolongada está poniendo en jaque su producción eléctrica atómica de la cual depende hasta en un 70%.

Es ya innegable que se está en el momento del fin de una era del uso civil de la energía nuclear, enchufada a la red, en todo el mundo.

Un final relativo pues es una industria a la que le quedan todavía muchos años para su desmantelamiento total, y sin solución definitiva para albergar los residuos radiactivos de muy alta actividad cuya duración se cuenta en decenas de miles de años. Por ejemplo, en el caso de Vandellós I, en Tarragona, se prevé su desmantelamiento y clausura para el año 2028, cuyos residuos aun guarda Francia.Esto nos da una idea de que cuando cierra un central nuclear no se destruye todo el empleo disponible, sino que el Estado realiza nuevas inversiones en los territorios afectados.

En España las empresas propietarias de las centrales nucleares pactaron con el Gobierno un calendario de cierre, que para Almaraz será dentro de cinco años, teniendo otros 12 años más para su desmantelamiento y otros 30 años más para almacenar los residuos radiactivos de alta actividad.

Los que piden que hagan otra central nueva en la zona, o que se prolongue su funcionamiento, quieren seguir ignorando que una central nuclear no es una fábrica de chocolate y que hasta que no desaparezcan todos los residuos de su interior nunca los habitantes, en un radio de minimo75 km, estaremos seguros.

¿Realidades? Pues el último incendio en Casas de Miravete estuvo a 5 km de la central de Almaraz (notificación al CSN del 15 de julio). Suerte que el viento predominante cambio de rumbo. El 7 de septiembre seguiremos exigiendo el cierre de Almaraz y de todas las demás.


El autor es ingeniero y profesor de filosofía y formación profesional


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