Mire, lo siento (es un decir) pero no pienso decir ni ‘la árbitra’ ni ‘la médica’ ni cosas semejantes. Ya sé que la Real Academia lo acepta, pero la Real también acepta ‘toballa’ y ‘almóndiga’, por lo que lo de ‘Limpia, Fija y Da Esplendor’ parece haberse convertido en ‘Traga, Cede y No te Señales’.

En fin, ¿que soy un cavernícola, dice? Bueno, en todo caso, y siguiendo el lenguaje inclusivo, sería un cavernícolo, porque de lo que se trata es de poner ‘o’ o ‘a’ al final, y así ya todos inclusivados/as. Ni me detendré en lo de la ‘e’, que ya es la chorrade extreme.

Pero bueno, como soy un cavernícolo con cierto raciocinio… aceptaré lo de ‘árbitra’ y ‘médica’ justo en el momento en el que a mí me llamen periodisto, y Picasso sea considerado un artisto. Igualmente, aceptaré jueza y concejala cuando haya juezos y concejalos.

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Porque la igualdad, la real, no la de baratillo, es considerar las mismas capacidades y las mismas oportunidades para las personas por el hecho de serlo, sin tanta parafernalia artificial que lo que busca es tapar la absoluta falta de ideas y soluciones o, peor aún, justificar el propio salario, normalmente con fondos públicos.

Me comentaba una amiga, técnico de empleo con larga experiencia, su desolación al ver que en muchísimos ayuntamientos y en todas las mancomunidades había, como poco, una o dos ‘agentes de igualdad’ (siempre mujeres, como si la igualdad no fuera cosa de todos) y, por el contrario, la mayoría de esos ayuntamientos y no pocas mancomunidades carecían de un agente de desarrollo local, alguien que dinamizase la precaria economía de la Extremadura vaciada.

Además, las susodichas agentes de igualdad se comportan, en multitud de ocasiones, como Torquemadas de pacotilla, vigilantes a la caza de herejías, que lanzan anatema o cuelgan sambenitos con un desparpajo solo comparable a su ignorancia sobre el lenguaje.

Me ha ocurrido. Con 20 años de periodismo a cuestas, una de estas agentes cogió un texto mío y lo ‘corrigió’ para que fuese ‘inclusivo’. Leí la corrección y le pregunté si tenía alguna formación en literatura, filología o similar: cero patatero. Le dije que se podía meter sus correcciones por salva sea la parte, que si alguien tocaba un texto mío era para mejorarlo, no para convertirlo en un farragoso galimatías por seguir la corriente dominante, porque, le recordé, solo los peces muertos (y pezas muertas) siguen siempre la corriente.

Se marchó dando un portazo y mascullando un sonoro ‘machista’, que yo recogí y coloqué en mi álbum de pegatinas, donde ya figuran fascista, topo del PSOE, anarquista, próximo a IU, sicario del PP, ventoleras, juntaletras a sueldo, feminista (pronúnciese en tono despectivo), y no sé cuántas cosas más.

Pero lo mejor vino hace unos meses. Una amiga médico, de Atención Primaria, me comentó que, en plena cuarta ola del covid, con los centros de salud en precario, desbordados además por el tema vacunas (les llegaban listados para vacunar a gente que había fallecido, a enfermos de cáncer sin haber contactado con su oncólogo, etcétera) les instaron a apuntarse a un curso de, pásmese, ¡sanidad con enfoque de género!

O sea, razonaba mi amiga, que yo he estudiado diez años cosas como fisiología, anatomía, citología, bioquímica y tal, y ahora, en tres charlitas me van a enseñar que el cuerpo de un hombre y el de una mujer son diferentes, y el abordaje de según qué enfermedades, es distinto.

El susodicho curso iba acompañado de un cartel que mi amiga me envió, y donde en primer lugar me llamó la atención el diseño: me recordó los espectáculos de cabaret que venían a mi pueblo, con el cebo de uno que cantaba como Juanito Valderrama y fotos de mujeres con el pezón tapado por una estrellita. Lo siento, pero esa fue mi primera impresión.

La segunda fue que el curso lo daban dos mujeres: una especializada en medicina familiar CON PERSPECTIVA DE GÉNERO, y otra en endocrinología CON PERSPECTIVA DE GÉNERO. Vea usted que he buscado en los MIR y no encuentro esa especialidad de la perspectiva de género, lo que me lleva a dos posibilidades: o se estudia en el extranjero o es un bluf.

La tercera sorpresa fue que el curso se daba entre las 13.30 y las 15.00, es decir, en plena jornada laboral. Como dijo gráficamente mi amiga médico: la perspectiva debe ser que yo deje de lado a mis pacientes para acudir a esta patochada, porque si no va nadie, las ‘especialistas’ se supone que no cobran.

Le digo una cosa, en confianza ahora que no nos oye nadie: no debe irles mal a quienes montan estos saraos, viendo como proliferan. Estoy por hacerme con una perspectiva de esas, a ver si aseguro mi jubilación, porque visto lo visto, con la pensión…

Ya en serio, creo que este tipo de montajes poco aportan, más bien perjudican, se convierten en cortinas que ocultan los verdaderos problemas para alcanzar la igualdad real: educación, oportunidades, respaldo legal y corresponsabilidad. Menos inquisición y más herramientas para remover obstáculos.


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