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(Hacia una ecología de la atención).

Puede estar orgullosa la ingeniería civil que después del accidente de Chernóbil el 26 de abril de 1986 (hace treinta y cinco años), haya podido construir una estructura de hormigón y acero capaz de enterrar uno de los más trágicos estallidos de un reactor nuclear en el mundo. Aun en Fukushima tiene por delante el definitivo reto tecnológico de inactivar la continua emisión radiactiva de dos reactores, que cuando lo consiga (tecnología por inventar) se sentirán igual de orgullosos, eso sí, contaminando nuevamente, todo el Pacifico con el vertido anunciado del agua contaminada ante la imposibilidad de seguirla almacenando indefinidamente en tierra, y ante el peligro de nuevos terremotos.

A esto la industria del átomo lo sigue denominado “aprendiendo de las catástrofes nucleares”. Por esto quizá ya comprobamos que la gran mayoría de países que participarán en los juegos olímpicos ya anunciados para este verano, llevarán su propia comida, así como medidores de radiactividad.

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No hemos tenido suficiente con los miles de pruebas atómicas realizadas el siglo pasado por una industria militar, que aun tiene pendiente su legado en Irán, usando a la población civil como cobayas indispensables para avanzar en “seguridad” y mejoras siempre prometidas “de nueva generación” según el argot propagandístico de una industria vinculada a la investigación militar desde sus orígenes.

Están los miles de militares fallecidos en pruebas secretas, así como poblaciones enteras de determinadas islas del Pacífico allí donde se realizaban los denominados “campos de pruebas” que en realidad fueron cientos de pruebas nucleares realizadas durante dos décadas por EEUU, a las cuales se sumaron las francesas, incluso después de 1963 una vez firmado el tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares. Y todo esto sin contar que las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945) produjo medio millón de víctimas entre las inmediatas y las inducidas años después.

A esto se sumó Chernóbil de una manera tan inusitada y brutal que el régimen soviético divulgó que únicamente pudo afectar a unas pocas decenas de muertes directas. Después de treinta años de investigación ya se reconoce oficialmente que solo en Ucrania se contaba con 1,8 millones de personas como “víctimas del desastre”. Entre las víctimas los famosos “equipos de liquidadores”; “participantes en la liquidación de las consecuencias del accidente de la central nuclear de Chernóbil”, que la Academia de Ciencias de Rusia indica que pudo haber hasta 830.000, de los cuales el 15% habrían muerto antes del 2015.

Y se sigue aportando datos de discapacidades y enfermedades inducidas en continua progresión, a pesar que un cierto turismo de masas proponía, antes de la pandemia, viajar para hacerse selfies in situ, es decir dentro de las ciudades abandonadas cerca de Chernóbil, con el fin de divulgar que todo es posible visitar. Quizá para olvidar que por fin ahora se reconoce también oficialmente que “150.000 kilómetros cuadrados de Bielorrusia, Rusia y Ucrania están contaminados y la zona de exclusión de 4.000 kilómetros cuadrados, un área de más del doble del tamaño de Londres, permanece prácticamente deshabitada”. Sin contar que en áreas de Europa occidental también hubo indicios de que las tasas de neoplasias (crecimientos anormales de tejidos que incluyen cánceres) fueron más altas que en áreas que escaparon a la contaminación. (Kate Brown: “Manual para la supervivencia: una guía de Chernóbil para el futuro“, 2019)

Pero ante esta vorágine mortífera de la industria nuclear civil y militar, el sarcófago inaugurado recientemente en Chernóbil simboliza más bien el fin de una tecnología que jamás debió ser empleada como productora de electricidad.

Los enormes presupuestos nucleares de los países impulsores, USA, Rusia, Francia y China más recientemente, no solamente no han conseguido la pretensión de que todo el mundo tuviera centrales nucleares instaladas. (hoy son 32 países de los 195 los que tienen aun 413 centrales en funcionamiento, la gran mayoría en el final de su vida útil), sino que han impedido que nuevas tecnologías más limpias y seguras, desde el ahorro energético hasta las renovables tuvieran su propio desarrollo. Al apostar por el todo eléctrico tampoco nos extraña que las empresas públicas francesas del átomo (EDF, Areva y Orano) sigan promoviendo en ciertos países deudores (India y Emiratos Árabes) nuevas centrales nucleares, proponiéndolas ahora, como “mix eléctrico (financiar al mismo tiempo lo nuclear y lo renovable) dado que no han conseguido tener el “todo nuclear” prometido. Y lo hacen a sabiendas que de esta manera siguen controlando un mercado que se les escapa de las manos monopolistas a nivel mundial; el eléctrico. Y lo hacen a sabiendas que todo el coste de desmantelamiento y gestión de residuos no correrá por su cuenta y riesgo. Las centrales que hoy se inauguran vienen de programas nucleares anteriores al desastre Fukushima (2011).

Sin embargo, los lobys eléctricos pronucleares demasiado vinculados con los militares siguen presionando para que la comunidad internacional les acoja bajo la inclusión en las “tecnologías compatibles con el cambio climático” (algunos hasta las denominan verdes como si así se transmutaran en inocuas), asunto que siempre se ha rechazado de todas las cumbres mundiales sobre el clima. Asunto que vuelve una y otra vez a desenmascararse a través de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (Premio Nobel de la Paz en 2017).

Pero ahí no termina el dominio mundial de los oligopolios eléctricos pues mientras se obliga a cerrar antiguas central nucleares, se están convirtiendo en lideres para la instalación de las energías renovables replicando un modelo centralista que controlan bien. Impidiendo que un modelo más distribuido y de gestión la demanda pueda instalarse, como es el de las comunidades energéticas locales también en ámbito de la generación eléctrica.

De esta manera no nos extrañe que una tecnología limpia se esté convirtiendo en la mas poderosa maquinaria extractiva de minerales precisos para la instalación masiva, y nuevamente concentrada, de MacroCentrales solares fotovoltaicas y eólicas. El caso del cierre de los dos reactores en Almaraz, es muy ilustrativo de ello, donde se les ha permitido a los dos propietarios mayoritarios, Iberdrola y Endesa, que tengan prioridad en la construcción indiscriminada de “megaplantas de energía fotovoltaica” en Extremadura, impidiendo que las renovables, por tanto, se desarrollen de manera escalar y descentralizada allí donde se consumen.

¿Lo vamos a seguir consistiendo?


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