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Cuando la primavera llega a Extremadura, el mundo se tiñe de colores, olores y canciones, elevando al espíritu como se eleva el poético y lírico verderillo sobre lo alto de una rama, proclamando a viva voz que la vida es bella, inmensamente bella. Como contagiado por ese misticismo, al menos a mí, me sobrevienen unas ganas y un deseo irrefrenable de salir a pasear por el mundo, como si no lo hubiera hecho jamás o nunca, mejor dicho, hubiera existido el mundo; si me lo permiten es como si, de repente,  uno se volviera jilguero o verderillo, gusano o mariposa, flor de azahar o enhiesto fresno, que es el árbol de mi horóscopo celta, que para toda cultura hay un horóscopo. En los otros soy Géminis y Mono.

Pero en realidad, lo que más me flipaba, que dicen ahora, de aquellas primaveras, era la llegada del circo a mi pueblo. Porque en primavera, también el circo, como los trinos de las avecillas, recorre el mundo de la ilusión, la magia y la sonrisa, que es el mayor tesoro de todos: la alegría. Así que, para quien suscribe, no hay profesión más noble, ni mayor regalo de la vida que ser un payaso, pues sólo los payasos saben cómo hacer reír y llorar a un niño de pura felicidad y fantasía, sólo ellos saben regar el tierno e inocente corazoncito de un niño, o una niña, por aquello del lenguaje inclusivo, aunque los payasos no entiendan de extrañas y estúpidas lenguas, pues para ellos todos los niños son iguales sin excepción de sexo, condición o razón social de sus progenitores, que en ocasiones y en las gradas del circo, los progenitores se vuelven unos niños grandes y ríen desmesuradamente, incluso más que un niño pequeño.

Cuando el circo llegaba a Coria, que es mi pueblo, se asentaba a orillas del río Alagón, en un precioso paraje que llaman La Isla y que, en verdad, es una isla pero de paz, sosiego y arrumacos en las noche, cuando los amantes acuden a la llamada del amor. La noticia se expandía como la pólvora:  ¡¡ Ha llegado, el circo ¡¡ ¡¡Ha llegado el circo ¡¡

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Así que, o bien convencías a tu padre para que ejerciera de taxista, que los niños a veces también somos muy perezosos, o nos juntábamos en bandada en las luminosas tardes de mayo y bajábamos hasta la orilla del río. Lo primero que nos preguntábamos, era si aquel circo tendría animales, que un circo con animales era un plus extra. Si los tenía, entonces durante la semana que permanecía el circo asentado a la orilla, la visita era obligada y nos pasábamos las tardes en Babia, una preciosa comarca leonesa, que es como están los niños cuando la imaginación los encuentra y donde se retiraban en busca del sosiego y la calma los reyes del Reino de León, por eso lo de “estar en Babia”.

Los tigres eran muy hermosos con sus pijamas de rayas, pero excesivamente inquietos pues vagaban de un lado para otro continuamente, así que, el que en verdad nos fascinaba era, cómo no, el león que es el rey de los animales y que siempre estaba descansando como si fuera consciente de su inmenso poder y nada le inquietara. A veces, el león bostezaba dejando ver sus temibles fauces, a lo que los niños exclamábamos al unísono:

¡¡ Ostrinita¡¡. Que era la expresión que los niños usábamos en Coria cuando algo resultaba majestuoso.

Una primavera, llegó hasta Coria un circo con elefantes, así que os podéis imaginar la impaciencia de los niños por bajar hasta la orilla del río. En el recreo no se hablaba de otra cosa, que entonces en los recreos los niños también hablaban, que si el padre del fulanito ha visto los elefantes y ha dicho que son más grandes que la torre de la catedral y en tu imaginación, el elefante se mostraba como si fuera el Everest. Así que, uno de los más entrañables recuerdos que guardo como un tesoro en mi memoria, es la imagen de aquella tarde en la que contemplé, con la boca abierta, a un elefante bañándose en las aguas del río Alagón, con su enorme y larga trompa y sus orejas infinitas.

Y luego, en un esfuerzo supremo, que entonces invertir en una entrada para ir al circo era todo un lujo porque no había posibles, tus padres sacaban la entrada.

Comenzaba la función la contorsionista, retorciéndose como si sus huesos fueran de alambre dulce, le seguía el funambulista, algunos, los más atrevidos, lo hacían sin red debajo, lo que hacía que mirases al cielo con el corazón en un puño. Tras él, la mujer barbuda que por aquellos entonces no entendíamos muy bien qué gracia tenía aquello, aunque los padres se partieran de risa. Llegaba el descanso, que en los circos y los cines siempre había un descanso, y llegaba la hora de la merienda y comprabas unas chuches que sabían a gloria, que las chuches de los circos saben a gloria bendita, mientras montaban una jaula enorme donde soltaban los tigres y los leones que saltaban sobre aros de fuego. Y en aquel circo de los elefantes, los gigantes paquidermos caminaban con sus enormes y redondos pies con una chica tumbada en el suelo. Y al final, siempre al final, salían a escena los payasos, esos saltimbanquis de la felicidad; y una sonrisa, ésta vez sí, más grande que la torre de la catedral invadía la carpa del circo y reíamos y reíamos y mirabas a tu padre, que de repente se había convertido en un niño como tú, como si estuviera a tu misma altura, y te sentías feliz, inmensamente feliz y dichoso y aquella noche, sí que soñabas bonito y pasabas la dormida con la tibieza de una sonrisa en los labios.

Ahora ya no vienen los circos y si alguno, como si fuera un fantasma, lo hace, se presenta con las telas raídas y sin animales, y los payasos están tristes y lloran, pero no de felicidad, sino de amargura, y como si el mundo se hubiera contagiado de su penuria, también se ha vuelto ceniciento y plomizo. Los “mandamases” ya no quieren circos en las primaveras, ni animales, aunque resulta curioso que quien abogue por la libertad de un animal, calce zapatos de cuero en lugar de esparto, es lo que tiene la hipogresía. Y no los quieren, para que los niños de ahora no sepan nada de lo que significa el esfuerzo, la unión, el sacrificio, la superación y, en definitiva, la magia de la vida. Y se inventan leyes absurdas de educación, de civismo y comportamiento con renglones de cartón piedra y debates sin más fondo que la privacidad de la libertad y la risa de los niños, que es el mayor tesoro de todos. Lo malo es que aquellos niños que íbamos al circo, hoy somos los padres y madres del ahora y ya no podamos contar con el desparpajo de un “sencillo” payaso, que es la profesión más noble del mundo y hayamos caído presas del tirano de turno: San Pedro Panza, que como si fuera una mujer barbuda, asusta hasta a los mismísimos leones, no los del congreso, que esos ya están muertos de miedo con tanto cretino y populista, sino a los leones del circo y lo que es aún peor, que los ha hecho cautivos de la desidia y la desesperanza.

Entonces los niños queríamos ser contorsionistas, ventrílocuos, domadores de leones o elefantes, trapecistas, funambulista o, sencillamente, payasos para despertar las risas de los que no ríen, mientras hoy, a lo niños, no les queda más circo que las sandeces que escupe un tipo que viaja en carricoche como si fuera una de aquellas serpientes que a veces también llegaban con el circo, o los desvaríos de un señor que luce moño samurai, pero que tiene la cara pintada como aquel domador de payasos con su capirucho y que siempre era el malo del circo, pues castigaba y silenciaba a los payasos, y ya sabemos que no hay profesión más noble que la de ser un “payaso”, pero del circo, de aquellos circos que siempre regresaban con la primavera.

¡¡ El circo ¡¡ Qué maravillosa escuela para aprender.


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