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Cuando la vida depende de la naturaleza, las miradas son vitales; por eso en el desierto los ojos buscan incansables cualquier señal de vida. En las grandes ciudades españolas la mirada se ve sometida a los anuncios de neón al igual que la política, que es un mundo sin alma, que no da importancia a nada, mientras Mahmoud no sale de su asombro a cada paso que da, como cuando giró la llave y el agua salía del grifo sin descanso. Siempre pensó que España era un mundo de infinitas posibilidades por eso soñaba, desde su tienda de Tindouf, con ella;  desde aquel día que unos españoles vinieron a traer el agua al campamento de refugiados.

Mahmoud llegó a España y se acercó a la universidad para estudiar medicina, pero la respuesta fue que no había ningún tipo de beca para estudiantes como él, así que al poco tiempo se encontró sin dinero, sin saber a dónde ir y pidiendo limosna en los parques donde las fuentes proyectaban el agua hacia los cielos como si fuera inagotable, en un derroche de temeridad que le hizo llorar.

Pero seguía asombrado por los grifos y el cine, donde se enamoró de Elsa Pataky y de Estrella, una joven estudiante de medicina.

-Mira Mahmoud, esta es mi cantante preferida. ¡Qué guapa es! ¿Verdad?

Mientras, él detestaba la perfecta belleza de la cantante y pensaba que la guapa era ella, con sus defectos y sus virtudes, pues había nacido en un mundo donde a las mujeres se les trataba como reinas aunque no fueran esposas de reyes.

Comenzó de camarero en un prostíbulo de la Calle Orense compartiendo lágrimas con niñas extranjeras, también presas de las fauces de la globalización. Luego conoció a Fernando, un banderillero, y en las tardes de San Isidro ,en Las Ventas, ganaba un dinerillo extra de acomodador, aunque entre las blancas camisolas de los aficionados luciera como un lunar.

Así que cuando nació el 15 M, se alistó y pasó varias noches en aquella jaima convertida en tienda junto a Estrella y un grupo de amigos y amigas. Al fin el mundo abría sus puertas de par en par para que cambiaran las nubes de las tormentas su cielo gris. De aquella marea de esperanza nació un partido y unos líderes que alimentaban la lucha de los más débiles.

– Nunca entendí cómo podéis orientaros por el desierto sin GPS, le confesió una noche Estrella a la luz de la luna

– Es fácil- contestó-. Basta con mirar al horizonte.

Y juntos contemplaron las estrellas del cielo de Madrid, porque siempre el camino es más importante que el equipaje. Y fue así como un mar de arenas doradas le recorrió. Tanto fue así que hasta envió una carta a su madre diciéndole lo feliz que se sentía porque un partido político español hablaba de su pueblo, del pueblo Saharaui, como un pueblo de hermanos, y su líder proclamó: que nuestros hermanos Saharauis no serán abandonados.

Era feliz Mahmoud en su desdichado mundo de pesares. Los votó en las elecciones una y otra vez y en las últimas se congratuló de que el programa de Podemos, aquel partido que nació del 15 M, en su punto 118 se comprometiera con “la libre determinación del pueblo Saharaui”. Qué feliz fue a votar aquella fresca mañana de noviembre.

Pero el mundo es extraño, un mundo en el que lo más difícil en la vida es atreverse a ser diferente mientras los negros quieren blanquear y los blancos tostarse al sol.

“Las Razones siguen intactas”, rezaba el programa de color morado.

Luego se formó gobierno y Podemos entró a formar parte de él, así que Mahmoud daba saltos de alegría y volvió a escribir a su madre en una carta entrañable que regó de lágrimas y esperanzas los campamentos de Tindouf.

Luego llegó la desgracia. Y hoy Mahmoud, sin trabajo, sólo come tres veces por semana gracias a Cáritas en la parroquia de Santa Catalina, donde hay una inscripción que dice: abrazo y casa de la misión en la calle. Allí acude junto a Fernando el banderillero y llora desconsolado cuando ve a su amigo, que jugó a burlar a la muerte tantas y tantas tardes, como si fuera el alma de un fantasma, sin orgullo, sin su traje de luces y desnudo,  porque aquel partido, donde las razones siguen intactas, en su punto 147 habla de construir un país sin racismo y otras discriminaciones en todos los ámbitos como el de la cultura, al que pertenece Fernando, hoy discriminado por el Ministerio de Trabajo por su condición laboral, llevando a cabo hasta el extremo más doloroso, el punto 42 del intacto programa, aquel en el que dice textualmente: que se eliminarán todo tipo de ayudas relacionadas con la tauromaquia, aunque esas ayudas sirvan para paliar el hambre y las sed de los hombres, las mujeres y sus familias.

Está triste Mahmoud porque su amor, Estrella, la médico, ha caído presa del coronavirus y ya no sonríe con los ojos. Olvidándose el intacto programa del punto 222 que habla de cuidar del personal sanitario, la abandonaron a su suerte.

Triste e indignado, porque en el punto 125 dice que se establecerán mecanismos de control de las dietas de los diputados y diputadas aunque nadie de aquel partido renunció a ellas, a las dietas, pese a estar confinados en casa.

Pero sobre todo llora Mahmoud cuando nadie le ve, porque el líder de aquel partido de esperanzas ya no habla de los hermanos Saharauis, porque los ha abandonado como siempre hicieron todos, como ahora que nadie del morado e intacto programa, se acerca a las parroquias ni a las colas del hambre para arrimar el hombro o siquiera alimentar a la esperanza, porque ellos viven en un mundo en el que el exceso de dinero, como decía su abuela, mata la alegría y llena las sagradas cajas de la solidaridad en negras cajas de dinero.

Hoy Mahmoud es un hombre convertido en un enorme silencio sin dignidad, al que parece que hubieran fusilado frente a las paredes de la tienda de campaña aquel 15-M en el que un nuevo mundo quiso respirar, un hombre cuya alma tiene sed, aunque los grifos y las fuentes derramen el agua hacia el cielo vacío.