Zalamea de la Serena: la magia de convertir un pueblo en un gran escenario del Siglo de Oro
La representación se desarrolla durante cuatro noches -de jueves a domingo de la tercera semana de agosto- y convierte el centro histórico de la localidad en un enorme teatro al aire libre.
En Zalamea de la Serena, agosto empieza con los tablones de madera levantándose en la Plaza de la Constitución, los trajes colgados en las casas y los ensayos que se alargan hasta la madrugada.
Durante unos días, el pueblo entero gira alrededor de un nombre, Pedro Crespo. Los vecinos hablan de versos como quien comenta la cosecha o el tiempo, y cuando cae la noche, el Dístylo Romano y la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros dejan de ser monumentos para convertirse en el escenario natural de una historia que Zalamea lleva décadas contando.
Aquí no hay una compañía llegada de fuera. El Alcalde de Zalamea lo representa el propio pueblo. Más de cuatrocientos vecinos participan cada verano en esta recreación teatral declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional. El capitán puede ser mecánico durante el año, Isabel, una estudiante universitaria y Pedro Crespo, un agricultor o un jubilado que lleva media vida aprendiendo los versos de Calderón de la Barca de memoria. Esa es la singularidad de esta recreación en Zalamea de la Serena.
A LA LUZ DE LAS ANTORCHAS
La representación se desarrolla durante cuatro noches -de jueves a domingo de la tercera semana de agosto- y convierte el centro histórico en un enorme teatro al aire libre. No existe apenas separación entre el público y la escena. Los soldados atraviesan las calles empedradas, las voces rebotan contra las fachadas y las antorchas iluminan edificios que ya existían cuando Calderón de la Barca escribió la obra.
Porque el gran acierto de esta celebración es que no necesita fingir para parecerse a de la aquella época. Zalamea conserva todavía los espacios que sostienen la historia. La Plaza de la Justicia con la Casa de Pedro Crespo, el Castillo de Arribalavilla-Palacio de Don Juan de Zúñiga o la Plaza del Cristo con la Real Capilla del Cristo de la Quinta Angustia funcionan como escenarios reales de una obra que mezcla teatro, memoria popular e identidad colectiva.
Durante esos días, además de la representación principal, el pueblo entero se transforma. Hay mercados artesanales, microteatros, desfiles, juegos populares y visitas guiadas entre calles engalanadas como una villa del siglo XVI.
HISTORIA
En el centro del drama permanece intacto el conflicto que convirtió El Alcalde de Zalamea en una de las grandes obras del Siglo de Oro: el enfrentamiento entre el poder militar y la justicia civil.
Calderón de la Barca sitúa la acción durante la campaña militar que Felipe II lanzó sobre Portugal en 1580, tras la muerte de Enrique I. España acabaría anexándose Portugal durante sesenta años, y personajes como Don Lope de Figueroa fueron tomados directamente de la realidad histórica.
PEDRO CRESPO
Pero lo que hace inmortal la obra no es el episodio bélico, sino Pedro Crespo. No es noble, ni cortesano, ni soldado. Es un hombre hecho a sí mismo que entiende que la honra no pertenece únicamente a los aristócratas. Cuando el capitán Don Álvaro ultraja a su hija Isabel y el ejército pretende ampararse en el fuero militar, Crespo se enfrenta a un sistema entero. Y cuando es nombrado alcalde, utiliza la justicia civil para castigar al capitán.
La obra se publicó por primera vez en 1651 bajo el título de “El garrote más bien dado”. Años más tarde, desde 1683, acabaría consolidándose como El Alcalde de Zalamea. En aquel tiempo las obras no se concebían para ser leídas, sino representadas. La mayoría de la población era analfabeta y el teatro era el gran acontecimiento popular del siglo XVII. Quizá por eso esta representación conserva tanta fuerza, porque devuelve la obra a su origen, al pueblo.
TRADICIÓN TEATRAL
La tradición teatral de Zalamea de la Serena no nació ayer. En 1925 ya se rendía homenaje a Pedro Crespo. En 1930, la compañía de Ricardo Calvo representó la obra en Arribalavilla. Décadas después, la proyección cinematográfica de El Alcalde de Zalamea volvió a disparar el interés popular. Y a comienzos de los años ochenta llegó Fernando Fernán-Gómez, fascinado por un fenómeno insólito, un pueblo entero convertido en una compañía teatral.
Luego vendría Miguel Nieto y descubriría lo mismo. Que en Zalamea los personajes no terminan cuando cae el telón. Isabel sigue caminando por las calles, Don Mendo continúa discutiendo en las plazas, La Chispa todavía provoca risas entre los vecinos y Pedro Crespo permanece vigilante en la memoria colectiva del pueblo.
Durante esos días de agosto, Zalamea no sólo representa una obra maestra del teatro barroco. Representa una forma de entender la dignidad. Una idea antigua y todavía incómoda: que ningún poder debería situarse por encima de la justicia.
Y quizá por eso, cuando termina la función y la plaza empieza a vaciarse lentamente, queda la sensación de que Calderón de la Barca nunca terminó de irse del todo de Zalamea.