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Hacia una ecología de la atención

Aquí no por lo menos…en ciertas zonas remotas del planeta tal vez”. La Covid-19 nos ha hecho comprobar en cuerpo propio la globalización más nefasta. “¡Estos malditos virus ¡”.  En occidente la pandemia no está señalando la simultaneidad con otras que hasta ahora no sentíamos como tal; la económica(capitalismo) y la ambiental (cambio climático). La pandemia por fin nos ha globalizado con todas nuestras posibilidades sociales y también con todas nuestras fragilidades simultáneas. En esas estamos.

En Europa nos creíamos a salvo de toda enfermedad y crisis que siempre les tocaba a los otros, que siempre estaban tan lejos, aquellos los pobrecitos, los atrasados. Que la Antártida se derrite, que los fuegos arrasan Brasil y Australia, que desaparece parte de Bangladés o la Siberia y Noruega…. Todo demasiado lejos para ser comprendido, demasiado abstracto para entenderlo…. A las fronteras llegan los pobres, pero no aún los refugiados climáticos. El bienestar (estado de) no deseaba tener cerca el empobrecimiento causado para conseguir algunas de las cotas  de seguridad que disfrutábamos.

Desde la primera “crisis del petróleo” (1976) no habíamos logrado entender todo un proceso de aceleración industrial y comercial impuesto por los bancos mundiales. Desde aquí veíamos, a lo lejos, las hambrunas, que, aunque se denunciaban como resultado de las “productividad de alimentos” (1976-1986), la denominación de “revolución verde” ocultaba la verdadera responsabilidad que el modelo capitalista de mercado extendía por doquier. Desde aquí, se negaba el cambio climático; tantas veces había cambiado el clima en la historia natural del planeta que la influencia humana descartaba que se impusieran limites al crecimiento. (1972-1992).

Incluso dejamos que la “crisis financiera” del 2008 fuera inevitable. El sistema siempre crecía así, progresaba con destrucción masiva. Las famosas “burbujas” que habían nacido, ya en el siglo XVII, en el seno mismo del capitalismo comercial internacional de los Países Bajos, divulgaban que todo en esta vida es casi tan natural como el sufrimiento personal.

Con las ruinas del ladrillo delante, no fuimos capaces de ver que para conseguir ese bienestar habíamos originado el empobrecimiento de los demás países no occidentales. Ni así fuimos capaces de vislumbrar las causas, aunque ya nos llegaban los ecos de las resistencias de los territorios y de los cuerpos que habíamos forzado para conseguir ser los adelantados del mundo. Aunque en nuestra casa también empezamos a empobrecer, vecinos, familiares, jóvenes y menos jóvenes, mujeres y mayores, todavía todo nos seguía pareciendo tan natural. De igual manera que la reproducción humana, de opresión de la mujer, naturalmente.

Ahora “la crisis covid” nos vuelve a recordar que todos estamos en el mismo planeta, y esta vez en carne propia. ¿De qué globalización estamos dependientes?

Ahora entendemos mejor la deslocalización industrial, y que, en la gran parte del sudeste asiático, y en muy pocas ciudades, se fabrique desde lo más nimio como pueden ser los botones, hasta la electrónica, lo sanitario, lo renovable y la automoción.  Nuestra moda se viste de la pobreza absoluta de China, Bangladés, India, Camboya o Vietnam. Igual que nuestros dispositivos electrónicos viene del extractivismo de gran parte de África y América del Sur destruyendo ecosistemas, especies, acaparando el agua y esclavizando vidas humanas.

De manera acelerada, una sorpresa científica inusitada del coronavirus, nos sitúa en las otras aceleraciones humanas, demasiado humanas. La económica de mercado acelerando desigualdades.  La democrática de mercado acelerando a un capitalismo tecnológico extractivista. La climática acelerando a los mismos que la originaron. ¿De qué progreso nos responsabilizamos entonces?

Ahora entendemos mejor que es la extracción lo que sostiene y mantiene al capitalismo financiero. Y no es de extrañar que las grandes beneficiadas de la pandemia sean las grandes plataformas digitales que de manera monopolista crean un nuevo mundo, esa nueva normalidad que tan a la ligera han divulgado algunos de los mensajes políticos. A las grandes plataformas digitales, que nos vinculan globalmente, toda la tierra es susceptible de extraer minerales y de igual manera todo dato personal que ofrecemos es extraído para su beneficio.

Por tanto, todo lo que antes percibíamos como aislado ahora se hace puntual e interconectado. Una sequía, o una tormenta recurrente y extrema, se va transformando en una catástrofe ya no tan pasajera, ya no tan lejana ni alejada. Los incidentes pasajeros se conectan en todo el planeta. ¿De qué naturaleza hablamos ahora? De la infinita que nos proporciona todo lo que precisamos de manera ilimitada o de la social que reconociendo la vida la sostiene conjuntamente.

Y aquí es donde decimos que la economía no debe tomar la delantera provenga de un país o de otro. Decimos que nuestra rebelión empieza por nuestros propios datos personales. Decimos que las ciencias naturales y físicas deben trabajar junto con las ciencias sociales.

En definitiva, es toda una ecología (interdependencia) de la atención social del saber la que está concernida. Además, con una escuela y universidad desconectadas del mundo vivo y la gente, es decir desactivada de toda capacidad de aprehender y comprender. Por tanto, no es extraño que esos jóvenes escolares son los que se atrevan a salir, a gritar a miles, en las huelgas por el clima en todo el mundo. También en Extremadura.

Algo más en la obra de Isabelle STENGERS. “En tiempos de catástrofes. Cómo resistir a la barbarie que viene”.( 2017).


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