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Hace 2.500 años Sófocles escribió una tragedia que aún hoy continúa siendo la obra más representada del mundo. Las desdichadas hermanas Antígona e Ismene sólo ven infortunios alrededor de su vida. Hijas de Edipo y Yocasta y hermanas de Ismene, Eteocles y Polinices, sufren el enfrentamiento y la muerte de sus hermanos. Antígona decide darse muerte a sí misma ahorcándose y su prometido, Hemón se suicida cuando va en su auxilio, pero antes intenta dar muerte a su padre. Entonces Eurídice, al conocer la muerte de su hijo Hemón, se hiere de muerte con una espada.

Antígona es una tragedia en cascada en la que los queridos miembros de una misma familia mueren, incluso, el mismo día; así se ahorran llantos y se congelan sentimientos. Es una guerra fratricida en la que todo vale y donde dos hermanos luchan por el poder de Tebas tras una maldición de su propio padre. Eteocles y Polinices, que acordaron turnarse en el trono, rompen su acuerdo cuando el primero de ellos decide quedárselo permanentemente.

La Antígona de hace 2.500 años sigue teniendo vigencia porque su argumento es tan real que se puede extrapolar a la sociedad actual. La tragedia que ahora vivimos también llega en forma de guerra y de muerte; hay maldiciones, una ambición desmedida, traiciones y ansias de poder. En los tiempos del coronavirus que a casi todos nos acongoja, al igual que en la Antígona de Sófocles, la tragedia viene en forma de cascada; es como cuando alineas las piezas de dominó verticalmente y a una distancia prudencial de modo que al derribar la primera caen irremediablemente las siguientes hasta completar el desastre.

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El público que ha disfrutado del estreno de Antígona en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida formaba parte del argumento; todos perfectamente alineados, estratégicamente ubicados, concentrados en grupos unidos por lazos familiares o de amistad y en cascada. Una bella imagen para los tiempos que corren, una estampa para vender la Extremadura cultural, pero también la de las tragedias humanas que hemos despachado con un solemne acto a destiempo.

La Antígona de la Covid-19 es la tragedia que nos ha tocado vivir sin guardar las más elementales normas de respeto hacia los demás; no digo ya sanitarias, sino de conciencia social. Da la sensación de que con el Festival de Mérida ha pasado lo mismo que con la manifestación del 8 de marzo, que había que celebrarlo a toda costa a pesar de que cientos de alcaldes hayan decidido cerrar sus piscinas municipales en Extremadura o hayan suspendido sus fiestas patronales. La historia se repite: pueblos tristes con vecinos cabizbajos, sin visitantes y a pleno silencio en las siestas, frente a espectáculos alegres y bulliciosos en los que se desparrama arte, pero también dolor. Y un dolor que, visto lo visto, esperemos no venga en forma de cascada.


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