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Tengo un amigo que es policía y que además de ser un hombre “del orden”, es un cacho de pan; tanto que a veces no sé si quien atiende al mundo es una buena persona o una persona buena, que no siempre es lo mismo. A mi amigo para ser policía la vida le hizo sacrificarse como el que más; tanto que tuvo que poner a punto su cuerpo hasta hacer que la obsesión por el deporte se convirtiera en una religión, y estudiarse la constitución española como el libro clave que gobierna su mundo. No tengo amigo -y tengo muchos querido lector-, que sepa más de leyes que mi amigo el policía.

A veces cuando estoy en un bar y hablan de los polis, como vulgarmente se les bautiza, tengo que mirar para otro lado, pues a menudo dichas conversaciones giran en torno a los muchos defectos que tienen los policías, como el de joder al personal y que no es otra cosa que hacer cumplir la Ley. Tal es así que recuerdo un día que mi amigo me llamó por teléfono para confesarme que estaba muy molesto con cierta ministra porque les había “faltado al respeto” sobre algo de minifaldas. ¡A él, a él!, que además tiene una niña quinceañera a la que adora. Su vida es su hija. Y la policía, claro.

El caso es que algunas veces lo he visto sometido al cumplimiento de la Ley de tal manera que casi  no lo conozco, sobre todo en estos tiempos raros de coronavirus y enemigos de la responsabilidad de ser humano; “humano” al menos por una vez en la vida, valga la redundancia, como cuando tuvo que multar a una joven que apenas tendría la edad de su hija por no llevar la mascarilla puesta, luciendo belleza sin igual.

El otro día tomamos café, eso sí a una distancia más que prudencial, algo anómalo entre amigos, y me contó que tenía prisa, pues desde que llegó este dichoso bicho que nos tiene a todos locos, hay un anciano que requiere cada martes de sus servicios a las diez de la mañana. ¿Para qué?, le pregunté. ¿Para que lo lleves al médico?

Qué torpe somos los que no conocemos las entrañas de la vida como mi amigo el poli. Mientras me guiñaba el ojo derecho y sonreía con pícara sonrisa, me habló del auxilio del anciano. Un día, ese señor mayor que caminaba con bastón, arrastrando los pies, se acercó hasta él y le dijo que si le podía ayudar, a lo que mi amigo, que ya os he dicho que es muy buena persona, le dijo que sí.

-Necesito que me busques el prefijo de Gerona.

-¿El prefijo?, preguntó mi amigo el policía.

-Sí, el prefijo telefónico de Gerona y que lo marques en tu teléfono de policía.

Mi amigo, sin entender muy bien por qué, y como ahora todo está en la dichosa internet, encontró el prefijo de Gerona, allá por las Cataluñas.

-El 972, le dijo mi amigo.

-Vale hijo, pues ahora marca este número y pregunta por Consuelo.

Y del bolsillo del pantalón sacó con mano temblorosa, un pequeño papel con seis números de ese teléfono. Mi amigo lo marcó y cuando descolgaron preguntó por Consuelo, y como si hubiera resucitado con el espíritu de un valiente lagarto ocelado, el anciano le arrebató el teléfono y se apartó para mantener fluida conversación con la tal Consuelo.

Cuenta mi amigo el policía, que jamás había visto tanta alegría en el rostro de alguien. Cuando el abuelo colgó, le devolvió el teléfono y le dio las gracias. Y mi amigo, que además es muy educado, le dijo que por qué no había llamado por el teléfono móvil que llevaba entre las manos.

-Porque no quiero que se entere mi mujer, porque Consuelo es el amor de mi vida, vive en un geriátrico en Gerona y con el dichoso bicho sólo quería saber si aún estaba viva porque se me iba la vida en ello.

Así que nada, que desde aquel martes mi amigo se ha echado deberes, los de atender amoríos sagrados que esta terrible pesadilla ha silenciado. Y no veas cómo disfruto, tanto que hasta creo que me he enamorado de Consuelo. Me ha confesado.