Ritos en Extremadura: la noche en la que un pueblo se convirtió en ejército fantasma
La Encamisá de San Antón no se contempla desde fuera. Se atraviesa. Se escucha. Se huele. Se vive. Y en Navalvillar de Pela, cada enero, la vieja leyenda del ejército fantasma vuelve a cabalgar bajo la noche extremeña.
En enero, cuando el frío aprieta la dehesa y la niebla baja despacio desde las sierras pacenses, hay un pueblo en Extremadura donde la noche se convierte en leyenda.
Allí, entre el olor a jara quemada, el estruendo de los cohetes y el redoble antiguo de los tambores, la historia vuelve a cabalgar. Ese lugar es Navalvillar de Pela. Y su alma late cada 16 de enero en la Encamisá de San Antón.
Cuenta la tradición que, en plena Edad Media, los árabes intentaron invadir Navalvillar de Pela. Los vecinos, conscientes de su inferioridad en hombres y armas, improvisaron un engaño desesperado. Encendieron hogueras, cubrieron sus cuerpos con amplias camisas blancas y se lanzaron a galopar en la oscuridad haciendo sonar cencerros y tambores.
UN ENGAÑO MEDIEVAL CONVERTIDO EN TRADICIÓN
El estrépito, las sombras y el fuego hicieron creer al enemigo que frente a ellos avanzaba un ejército fantasmal. Los invasores huyeron despavoridos. Y desde entonces, dicen los peleños, San Antonio Abad protegió al pueblo. La leyenda todavía arde en cada hoguera.
Todo comienza el día 6 de enero. La imagen de San Antón abandona su ermita y desciende en procesión hasta el pueblo. Lo acompañan jinetes vestidos con el traje típico peleño, custodios de una tradición centenaria. Durante diez días, el santo permanece en la parroquia esperando la noche grande.
LA SIERRA, LA JARA Y EL OLOR A HUMO
La mañana del 16 de enero empieza mucho antes del amanecer. Los camiones suben hacia la sierra para recoger jara y matorrales que alimentarán las hogueras repartidas por plazas y cruces. El humo empieza a impregnar las calles incluso antes de que caiga el sol.
Después, los vecinos dejan preparados vino y biñuelos para compartir con todo aquel que llegue a la fiesta. Porque en Pela, el visitante deja de ser forastero en cuanto acepta un vaso de vino de pitarra entre las manos.
CABALLOS VESTIDOS PARA LA LEYENDA
Mientras el pueblo prepara el fuego, los jinetes engalanan sus caballos. Los animales lucen la característica manta de madroños, tejida artesanalmente en los telares locales con lana y algodón.
Los jinetes completan la escena con sus símbolos tradicionales: gorro puntiagudo multicolor, pañuelo al cuello, camisa blancA, faja roja o negra, zahones de cuero y pantalón negro de paño o pana. Son figuras que parecen salidas de otro siglo.
Antes del gran estallido festivo llega uno de los momentos más emotivos: la bendición de los animales. Los caballos esperan frente a la iglesia mientras el sacerdote los rocía con agua bendita. Hay silencio, respeto y orgullo. Porque esta fiesta no es solo folclore: es memoria viva de Extremadura.
Entonces llega la noche. Las ocho en punto. El mayordomo de la cofradía avanza entre la multitud recitando su discurso. La plaza contiene la respiración hasta que el grito rompe el aire helado: “¡Peleños, forasteros, sanantoneros… Viva San Antón! ¡Viva San Antón! ¡Viva San Antón!”. Y el pueblo estalla.
FUEGO, CABALLOS Y PÓLVORA
Repican las campanas. Estallan los cohetes. Arden las hogueras. Los caballos irrumpen entre humo y chispas mientras los jinetes lanzan vivas a San Antón, San Fulgencio, San Antonino y el “chiquirrinino”.
La Encamisá ya corre por las calles. El sonido resulta imposible de olvidar: cascos golpeando el suelo, música de charanga, cencerros, risas y vasos de vino compartidos junto al fuego.
Mientras los jinetes realizan la carrera y besan la bandera, cientos de personas forman la llamada infantería. Recorren las calles entrando en bares y locales abiertos, acompañados por la música, el vino y los biñuelos. Aquí no existen espectadores: todo el mundo acaba formando parte del ritual.
EXTREMADURA AUTÉNTICA
Quizá ahí reside la grandeza de esta celebración: en su autenticidad. La Encamisá de San Antón no se contempla desde fuera. Se atraviesa. Se escucha. Se huele. Se vive. Y en Navalvillar de Pela, cada enero, la vieja leyenda del ejército fantasma vuelve a cabalgar bajo la noche extremeña.