Ahora que nuestro dinero vale una mierda los bancos nos espantan. Ya no les interesamos nosotros ni nuestros asquerosos billetes. Lejos queda aquella época del depósito a plazo fijo que daba para una segunda paga o la del empleado de banca esperando el 22 de diciembre a las puertas de la administración de lotería para captar agraciados. Ahora es casi mejor que no tengamos dinero y que molestemos lo menos posible. La banca no quiere que vayamos a sus oficinas y así ahorran en aire acondicionado. Esos señores que pisan moqueta tienen refrigerados los cataplines, pero quieren que los pocos que aún trabajamos recurramos a ese invento llamado Internet o esperemos largas colas al sol a las puertas de sus oficinas. Es la mejor forma de asustarnos.

La banca anda entretenida en fusiones, cierre de oficinas y recortes de empleo. Sí, claro que son recortes, pero por abajo, porque por arriba están de fiesta. Recuerden si andan flojos de memoria: los trámites legales para la fusión entre Liberbank y Unicaja culminaron el pasado verano y de ese proceso salió la quinta entidad bancaria de España por volumen de activos. Me sonroja leer que la política de retribuciones propuesta para el periodo 2021-2023, parte esencial del acuerdo, recogía que el presidente ejecutivo percibiría 588.000 euros brutos anuales y el consejero delegado 520.000. Pero eso no es todo: con los despidos de los empleados y el cierre de oficinas ambos salarios serán actualizables para los ejercicios 2022 y 2023 con arreglo al porcentaje de revisión salarial que se fije en el convenio colectivo aplicable a los empleados de la sociedad. ¿Qué empleados? ¿Nosotros?

Liberbank, Unicaja y lo que les rodea nos han convertido en sus empleados. Nos tratan con el más absoluto de los desprecios porque se han visto obligados a reorientar su fuente de ingresos. Y claro que somos sus empleados: utilizamos los cajeros y nos enfrentamos a una máquina, hacemos transferencias por caja electrónica y enviamos dinero a nuestros hijos a través de bizum. Todo por no molestar a los cuatro empleados que aún tienen detrás del mostrador.

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La banca de 2022 solo funciona a base de cobrar comisiones a sus clientes y de engañar a las gentes con productos financieros de dudosa rentabilidad y elevado riesgo. Y mientras nos roban, el Gobierno les adopta como huérfanos en un proceso imparable que les proporciona cada vez mayor dependencia del sector público. Aquellos que nos gobiernan ya les regalaron un rescate valorado en 73.261 millones de euros y ahora les han vuelto a premiar con más de 110.000 en créditos de dudoso cobro transferidos para pagar en su mayor parte a pymes y autónomos que necesitaron ayuda durante la pandemia.

La diferencia entre robo y hurto radica en el uso de la fuerza en las cosas o la violencia o intimidación en las personas. El hurto es una apropiación que se produce sin fuerza, intimidación o violencia, algo que sí existe en el robo. El Gobierno nos intimida y nos fuerza a abrir una cuenta corriente porque solo de este modo podemos pagar nuestros impuestos, dar de alta la luz o sencillamente cobrar nuestra nómina. Y luego está la banca, que tiene mayor soltura en los asuntos de guante blanco, esos delitos que se cometen sin mancharse las manos y sin que concurran medios violentos.


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