Uno de los asuntos más polémicos de los últimos tiempos es sin duda la reforma educativa en la que estamos inmersos. A la consabida LOMLOE, también llamada como Ley Celaá, que aglutina todos los aspectos generales que van a marcar en los próximos años los pilares de nuestro modelo educativo (veremos lo que dura en curso), hay que ir añadiendo las sucesivas disposiciones que desarrollan elementos concretos de su aplicación, tales como los reales decretos que regulan las enseñanzas medias y los bachilleratos con medidas ciertamente polémicas por la singularidad de algunas cuestiones, como por ejemplo la promoción y la titulación con materias pendientes, la eliminación del aspecto cuantitativo en la calificación o la conversión de los logros alcanzados en la materias en competencias generales.

Podríamos criticar de forma vehemente todas estas disposiciones, tal y como estamos haciendo en estos días en los centros educativos dada la excepcionalidad de las medidas, la falta de consenso existente en el entendimiento de tales disposiciones, la pobre o a veces ninguna directriz emitida por los entes administrativos para su aplicación y demás problemática de campo, pero eso lo vamos a dejar para otro momento.

Digamos que lo que se intenta plantear aquí es una explicación más general del por qué de ese cambio paradigmático, un cambio que si obviamos una realidad de base, el hecho de que las leyes educativas en este país han sido, son y serán herramientas de adoctrinamiento (ningún gobierno lo ha ocultado, todo lo contrario, de ahí la falta de consenso en el desarrollo e implantación de todas las leyes), podríamos entender que la causa estriba en el contexto social floreciente en el que vivimos.

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La sociedad actual dispone de unas características singulares. De muchas de esas cuestiones ya he disertado en alguna ocasión: alogocracia (es decir, la política de la emoción), la sociedad del cansancio, el neoliberalismo etc son conceptos que dibujan un entorno específico para el hombre del siglo XXI, y la educación no es ajena a esos planteamientos.

Analizar los pilares del nuevo sistema educativo permite entresacar pruebas de esta realidad; por ejemplo la victoria sin paliativos en la hegemonía cultural de un espectro ideológico concreto de la sociedad. La incorporación de ciertos contenidos curriculares polémicos en una serie de temas que suscitan controversia social (y ruptura), argumentados desde una única perspectiva, anulando la diversidad de opiniones, incluso desterrando aquellas materias que precisamente alimentan el debate crítico, dan la razón a aquellos que denuncian tal atropello.

Por otro lado está la realidad que nos define como una sociedad paliativa según nos describe el filósofo Bying-Chul Han, narcotizada frente al dolor, y que también tiene su proyección en el propio sistema educativo precisamente en las cuestiones que afectan a la evaluación del rendimiento académico.

Vamos a analizar un poco más en detalle en qué consiste esta hipótesis para posteriormente trasladar tales aseveraciones al funcionamiento del sistema educativo.

Han describe en su obra “La sociedad Paliativa” (Editorial Heder 2021) todos estos síntomas que son propios de la sociedad actual en la que vivimos en la que el individuo está condenado a auto-explorarse a sí mismo en pro de las ideas del capitalismo más radical; el hombre actualmente es un sujeto del rendimiento económico gracias a la supuesta libertad que disfruta, una libertad que le brinda la oportunidad de desarrollar “un proyecto vital”. En ese camino,  se le vende un proceso idealizado de éxitos en donde “el querer es poder”, y eso le  condena a la depresión dado que en la vida es fácil encontrarse con fracasos inesperados los cuales  generan dolor, y por lo tanto, un bloqueo en el rendimiento económico que la sociedad espera de él.

La sociedad neoliberal actual, según Han, lucha por sustraer de las vidas de las personas este factor negativo que es el dolor, individualizando en todo caso, ocultándolo a la masa. La sociedad no puede ser consciente de la presencia del dolor porque en su negatividad, hay ruptura de lo igual, que es precisamente lo que pretende evitar el modelo socioeconómico imperante (todo debe ser igual, lo distinto es peligroso). El dolor es el germen de la revolución, del cambio: aprendiendo a aceptar el dolor se consiguen cotas muy altas puesto que es en ese estado hiriente en el que verdaderamente actuamos.

La eliminación de la cultura del esfuerzo en el sistema educativo (que es a lo que lleva todo este entramado de evaluación cualitativa)  es una manera de narcotizar a la sociedad, de sustraer desde la tierna infancia el apego al dolor, o al menos, a ocultarle que es una parte necesaria de nuestra experiencia vital.

La vida está llena de fracasos que hay que superar: no hay mayor satisfacción que saberse vencedor en una circunstancia en la que nos hemos visto abocados al fracaso, y que nos ha hecho replantearnos nuestra manera de proceder.

Por otro lado está el hecho de saborear las mieles de éxito, un acontecimiento que nos brinda la autoconciencia de sabernos vencedores igualmente con un planteamiento certero desde el principio, pero que vale para esa circunstancia concreta y nunca debe ser tomado como una generalidad. Esto nos lleva a reinventarnos constantemente, y por lo tanto a avanzar, porque la ruptura es un paso que se da hacia lo distinto, que es en resumidas cuentas la experiencia vital más rica que existe.

Lo demás es quedarse incrustado en el infierno de lo igual, en la mediocridad, en el ser un individuo dócil fácilmente manejable formando parte del rebaño, que es lo que quiere el sistema educativo con todas estas medidas que se plantean


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