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Ha comenzado el curso escolar. Los mayores caminan solos hacia sus centros desde las 8:00 de la mañana. A las 9:00, los pequeños se dirigen de la mano de sus padres hacia su colegio. Todo hasta aquí es normal. De pronto, vemos a un niño o niña en silla de ruedas llevado por su padre o su madre. Es un discapacitado físico; en todo lo demás es normal. Quizás ese pequeño escolar pueda acceder al colegio sin muchas dificultades. Los centros públicos y concertados han previsto esa anomalía y han eliminado las barreras físicas existentes desde su creación.

Si tiene clase en la primera planta, no habrá ningún problema: pero si es mayor, su padre cargará con su hijo o su hija hasta alguna planta superior para dejarlo en su clase. No hay ascensor para los discapacitados. Quizá deje la silla en el propio colegio hasta la vuelta, a resguardo. Cuando el hijo o la hija termine las clases deberá volver a por ellos y bajar las escaleras con su hijo a la espalda.

Hablamos de enseñanza accesible y olvidamos la accesibilidad para que la reciban los discapacitados, como tantas viviendas inaccesibles para ellos, cárceles inaccesibles a la entrada y la salida de su casa… Empezamos a acordarnos de ellos, de las barreras de sus viviendas y de las de sus centros de enseñanza. El Comité de Entidades Representantes de Personas con Discapacidad de Extremadura (CERMI) exigía en mayo pasado el derecho de las personas con discapacidad a una vivienda accesible, asequible e inclusiva como elemento esencial para una vida independiente y participativa. Para el citado Comité, “la accesibilidad universal debe ser la norma que guíe los principios de las políticas públicas y normativas vinculadas a la vivienda”, al objeto de que nadie quede aislada en ella, recluida por ausencia de condiciones de accesibilidad y diseño universales. Si esto es así para la vivienda, debe serlo también para todos los centros públicos, ya sean de enseñanza o administrativos.

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La política es el arte de solucionar la vida de la gente, de hacerla más agradable, sin ponerle obstáculos añadidos a los que de por sí hubieren determinadas personas. Recuerdo a un alcalde que contaba cómo pudo conseguir un ascensor en el colegio para que el padre no subiera las escaleras cargado con su hija y dejarla en su aula. El día que lo vio, pudo decir para sí, satisfecho: “Para esto está la política: para solucionar problemas, no para crearlos.” Y la política es para todos, especialmente para los más vulnerables. Algún día hubiere llegado para que aquel padre ya no pudiere subir las escaleras con su hija a la espalda; pero antes, aquel alcalde tomó nota y puso fin al problema. Don Juan era amigo de todos y todos confiaren en él. Ese día dormiría mejor que nunca; pero, sobre todo, el alcalde Valle había puesto una pica en su pueblo, Coria. Las madres lo comentaban a la entrada y salida del colegio: “¿Sabéis lo que ha hecho el alcalde? Ha puesto un ascensor para que el padre no cargue con la niña a la espalda. ¡Qué bueno es don Juan…!”  Todo fue por una enseñanza accesible para todos, como debe ser, en casa y en el colegio.


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