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Que el presente curso académico está siendo complicado para las escuelas es un hecho que a nadie se le escapa.

Es tiempo de confinamientos, cierres temporales de aulas, de continuos ejercicios de inventiva para poder desarrollar de la mejor manera posible un proceso (el de Enseñanza-Aprendizaje) que requiere como ningún otro el calor humano, el hilo que nos mantiene unidos como civilización, y que en estos tiempos cuesta tanto mantener.

Además de todas estas singularidades temporales, hemos de subrayar otro hecho sustancial más profundo, como es el haber evidenciado el verdadero objetivo de nuestro sistema educativo; el adoctrinamiento del individuo en los valores de una sociedad a la que podemos definirla como sociedad del cansancio.

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Dicho término ha sido urdido por el filósofo surcoreano Bying-Chul Han para referirse al vínculo que actúa de argamasa entre los individuos de esta época, una época donde uno de los factores más representativos es el de la autoexplotación individual como forma de vida. Tal circunstancia afila las conductas de quienes, para no salir del propio enjambre de necesidades creado alrededor de las actividades cotidianas, precisan de una inmediatez que roza lo escatológico ya que su tiempo debe de ser invertirlo en producir los beneficios que les mantienen dentro del entramado social. Además, el cansancio del día a día, les imposibilita ante toda esa búsqueda de “requerimientos banales” y por ello, la sociedad que los protege debe dárselos.

Precisamente, ya Ernesto Sábato en 1951 en su ensayo “Hombres y engranaje”, reflexionaba sobre todas estas cuestiones estableciendo que los nuevos paradigmas de los tiempos modernos estaban poniendo en jaque al porvenir del Hombre discreto, atrapado en ese juego en el que lo colectivo fija las normas que se han de seguir para no quedar aislado.

Así, hoy en día, la sociedad premia a lo que ha venido a definirse como “la positividad de la igual”; no existen espacios para que surjan nuevos caminos porque todo debe ser lo mismo, o en todo caso, diferente, pero nunca distinto, ya que esa distinción es un abismo no controlable y por lo tanto, debe ser castigada. Realmente, todos los itinerarios deben de estar trazados, incluyendo claro está la planificación de nuestras vidas, y para que esto sea así, ya no es necesario ni vigilar ni castigar al díscolo como preconizaba Foucault: simplemente basta con educar en su conducta, en domesticar la actitud crítica.

Lo contrario es molesto, negativo: y no es que esté prohibido el pensar o actuar en contra de tales paradigmas (las democracias se jactan en defender que esto es así) pero sí ha de ser ocultado, o al menos, silenciado con un clientelismo tramposo.

Nos despertamos y nos dormidos cansados. Así, “banalidades” como la cultura del esfuerzo, del verdadero esfuerzo individual (que es el peligroso puesto que despierta de manera colateral conciencias críticas), no interesa cultivarlo: al contrario, debe ser comprado desde la propia red clientelar de los estamentos de poder, puesto que es la manera de mantener viva la llama en la sociedad del cansancio.

Así, el mensaje que se nos trasmite (y que ha calado en la sociedad) es que cualquier actitud reaccionaria frente a estos valores, es negativa, no produce beneficios (sobre todo económicos) y en la defensa de este mantra nuestro sistema educativo es un pilar fundamental, de ahí que la Educación sea siempre el campo de batalla de quienes controlan nuestros designios.

No es de extrañar, por lo tanto, que en los espacios educativos hoy más que nunca fluya la sociedad del cansancio de la que habla Han, mucho más evidente en estos tiempos de epidemia en la que estamos inmersos y que tanto nos tiene agotados psicológicamente.

La desidia es palpable entre los miembros del contrato educativo, pero entre el alumnado es francamente evidente: las actitudes de rechazo frente al esfuerzo son más que notorias toda vez que el clientelismo es y será el signo distintivo de nuestro sistema (“el suspenso será la excepción”, se nos dice), un clientelismo que ha servido para el empoderamiento del colectivo, más centrado en hacer valer sus derechos que sus deberes. A partir de ahí surgen problemas estructurales de calado: la falta de interés por la Enseñanza-Aprendizaje, las exigencias de resultados cortoplacista en términos de calificaciones, pero no en la adquisición de competencias son las más significativas.

El panorama es francamente preocupante y el debate debe ser abierto entre los integrantes del sistema. Solamente así podremos reconducir la situación porque una educación fracasada es sinónimo de un pueblo empobrecido y no me refiero solamente al especto puramente económico.


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