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Extremadura respira entre Navidad y Año Nuevo y sus gentes toman el pulso a la calle, que es fiel reflejo de lo que vendrá allá por Nochevieja, cuando unos tomen las uvas y otros presten su penúltimo aliento a la vida. Es así de triste, pero la cruda realidad nos conduce al abismo de la nada cuando no hacemos las cosas bien o, simplemente, cuando la mala suerte se ceba con nosotros y nos muestra la peor de sus caras.

La región tiene una incidencia media que ronda los 350 contagios por cada cien mil habitantes pero hay 13 localidades de las más pobladas de Extremadura que superan esa cifra, y de esas 13 -fatídico número para los supersticiosos- tres de ellas presentan una incidencia acumulada superior a los 1.000 casos por cien mil habitantes: Fuente del Maestre, Calamonte y Talayuela.

Concentraciones multitudinarias, fiestas clandestinas, botellones y celebraciones diversas han abierto las puertas a la Covid-19, que ha encontrado en la debilidad del ser humano su mejor forma de expandirse. El coronavirus puede contraerse por contacto con alguien que esté infectado, pero esta enfermedad se propaga principalmente de persona a persona a través de las gotículas que salen despedidas de la nariz o la boca de una persona infectada al toser, estornudar o hablar.

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La Organización Mundial de la Salud (OMS), que ha protagonizado varios deslices desde el origen de la pandemia, continúa estudiando las distintas formas de propagación de tan malicioso virus, pero entra las cosas que ha podido acreditar destaca que las personas sin síntomas pueden transmitir el virus y que los niños y los adolescentes tienen las mismas probabilidades de infectarse que cualquier otro grupo de edad y, por tanto, pueden propagar la enfermedad.

Sabemos que las aglomeraciones multiplican el factor de riesgo por las probabilidades de que se entre en contacto estrecho con alguien que tenga la Covid-19, ya que es más difícil mantener una distancia física, y pese a todo hemos leído con incredulidad las noticias sobre las numerosas actuaciones policiales llevadas a cabo para desconvocar fiestas y eventos de todo tipo.

Hemos visto las calles repletas de gente porque las fechas se prestan a ello, y hemos olvidado que el tiempo que transcurre entre la exposición a la Covid‑19 y el momento en que comienzan los síntomas suele ser de alrededor de cinco o seis días, aunque puede variar entre 1 y 14 días.

Si los vaticinios se cumplen, allá por Nochevieja asistiremos a un notable incremento del número de contagios y pondremos el sistema sanitario al borde del abismo en los meses más crudos y fríos del invierno. Porque el hombre está acostumbrado a tropezar una vez tras otra en la misma piedra.


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