Faltan menos de dos semanas para que doce simbólicas campanadas despidan el maldito año que nos ha tocado vivir, como si jugando a la ruleta rusa el azar nos hubiese adjudicado la fatídica bala que marcaría nuestro negro porvenir en cuestión de segundos.

Hastiados por lo vivido y recelosos del futuro, hay quienes han pretendido devorar la Navidad semanas antes de que lo marcase el calendario, pero el malicioso virus les ha dado una ejemplarizante lección que no olvidarán jamás, y no sólo por el daño sufrido, sino por el dolor provocado a su alrededor. Y como la suerte es tan caprichosa, en ocasiones se ceba con los inocentes y es condescendiente con los egoístas y miserables.

La vida es un regalo que nos han hecho con un manual de instrucciones que contempla libertad absoluta para maltratarnos a nosotros mismos, pero que advierte de los peligros de provocar daño a los demás. Y acostumbrados a no leer las instrucciones de todo cuanto nos rodea, hay quienes se han saltado uno de los pasos más importantes del libreto, que es el que destaca la necesidad de preservar el respeto al prójimo.

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Extremadura atraviesa uno de los peores momentos de su historia, y no solo a nivel sanitario, sino también económico y emocional. Estas tres crisis que nos muerden como roedores hambrientos acorralan hospitales, negocios y, lo peor de todo, nuestra mente. Y en lugar de buscar el equilibrio emocional con tolerancia y respeto, muchos han apostado por la evasión que les ha empujado de manera inconsciente a participar en celebraciones clandestinas que no provocan más que vergüenza y pudor.

Los 7.371 habitantes de Talayuela vivirán la peor Navidad de sus vidas por la falta de respeto y civismo de unos pocos que, sintiéndose inmunes, han contribuido a propagar como un reguero de pólvora el malicioso virus que nos ataca. A aquellos que criticaron a sus vecinos de pueblo, que no de religión, les toca ahora morder el polvo y sufrir la desvergüenza del dolor causado a más de 7.000 almas que vivirán solas, tristes y en silencio las fechas más entrañables de todo el año.

Con una incidencia acumulada a los 14 días de 1.017,50 casos por cada 100.000 habitantes, la capital del cultivo del tabaco llora cuando nadie la ve; porque los villancicos no sonarán igual, ni las luces de colores brillarán con la misma intensidad. No habrá sonrisas en la cena, ni discusiones familiares, porque ni siquiera habrá familia. Y todo porque algunos no se tomaron el tiempo necesario para pensar que vivir deprisa puede llevarnos a morir despacio.


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