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Que España está tomando una deriva impensable hace unos pocos años es algo más que evidente.  No hay día que no despertemos con alguna noticia llamativa que claramente denota un viraje radical en el camino que comenzáramos a trazar hace unos cuarenta años, un camino repleto de dificultades pero que ha permitido la modernización del país de una manera incontestable.

Más que el hecho en sí, que como sostengo, es obvio, la gran pregunta que debiéramos hacernos es si todo esto que está ocurriendo, que en definitiva se traduce en el cambio de paradigma de un modelo de democracia liberal hacia otro radicalmente opuesto (y subrayo lo de radical) de corte intervencionista (por no decir autoritario) auspiciado en las ideas clásicas socialistas y comunistas, no era predecible.

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La respuesta debiera ser sí, si nos atenemos a los datos aportados por la monumental obra Los Enemigos del Comercio de Antonio Escohotado, uno de los pensadores más importantes que ha dado nuestro país en los últimos cincuenta años.

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Se trata de una trilogía en la que, con una ingente cantidad de datos y hechos históricos, analiza el fenómeno del comunismo desde diferentes puntos de vista, realizando para ello un estudio genealógico al más puro estilo nietzscheano que arranca en el origen mismo de la antigüedad.

La obra, tal y como sostiene el autor, le llevó veinte años de su vida entregada al estudio, algo que comenzara en su momento como una manera de debatir y refutar a la doctrina que él mismo secundó y que acabó repudiando por pura convicción, pero que daría con el tiempo con un análisis enciclopédico sobre el asunto, quizás el más importante estudio hecho en castellano sobre dicha temática.

Entre otras cuestiones, Escohotado establece el origen del pensamiento clerical-militar, (que es en definitiva la argamasa aglutinadora sobre la que se sustentan las dos ideologías en cuestión), en la antigua Grecia, siendo la sociedad espartana el ejemplo más significativo de aquellos tintes y malas artes en la manera de gobernar bajo el yugo de la autoritaria igualdad.

En el plano opuesto, encontramos a Atenas, símbolo del esplendor de una sociedad abierta, comercial, próspera, sabia y libre para sus ciudadanos que sigue siendo una referencia para el mundo actual en el que vivimos. De Esparta, sin embargo, no quedan ni sus vestigios.

Paradójicamente, bien sabemos que fueron los espartanos, pueblo belicoso donde las haya, quienes, en las guerras del Peloponeso, arrasaron con la ciudad de Atenas, puesto que en el oficio militar y en las estrategias políticas de conspiración no tenían un igual y acabaron venciendo a la ciudad de la luz y el conocimiento. De esta manera, podemos decir que en el mundo clásico las tinieblas se adueñaron del mundo civilizado, y acabó por implantarse una sociedad cuartelaria donde el miedo y la opresión eran las herramientas de control de masas.

Aquellos vicios se fueron heredando a lo largo de los tiempos, aparecieron profetas, hombres del Dios celeste abrazados a la tradición judeocristiana, otros más laicos, pero con el mismo mensaje profético que calaba en las masas oprimidas. Sobre ellos creció una autoridad moral y de pensamiento único que quedaba resumido en una frase: la propiedad es un robo y el comercio su instrumento.

Esta idea ha trascendido a lo largo de los tiempos de forma cíclica en diferentes etapas. Escohotado, lejos de justificar la aparición de tales brotes en momentos de crisis sociales y económicas como así pudiera parecer, lo imbrica precisamente a períodos de bonanza, momentos puntuales que hacen florecer las envidias producidas por el éxito de unos y el fracaso de otros, que llevan a justificar la necesidad de intervenir esa injusta asimetría en el reparto de beneficios entre las clases, un concepto (el de las clases) que el propio autor llega incluso a negar.

Sea como fuere, la realidad es que todo parece indicar que España está sufriendo un viraje hacia la espartanización, una vuelta a la caverna en todas aquellas conquistas de libertades que se han venido realizando a lo largo de este tiempo. Nos estamos convirtiendo en una sociedad cuartelaria de confinamiento, el mejor de los aderezos que se puedan tener para aquellos que quisieran realizar un control estricto de las masas a las que gobiernan ya que, para ellos, las libertades individuales son todo un problema.  A todo esto, debemos apuntar otra serie de “manías” propias de regímenes donde han germinado estas ideas: control de medios de comunicación, fusión de los tres poderes del Estado en un único poder o una política educativa dirigida hacia el aborregamiento generalizado (la salida de la Ética de la escuela es un síntoma muy significativo).

En fin, demasiados paralelismos en el horizonte como para no creer que las tesis de Escohotado no estén en lo cierto.


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