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Aquel caluroso verano de 1970 el niño abandonó la temida siesta y salió de la casa de los abuelos dispuesto a corretear por las calles del pueblo. Casi al mismo tiempo, la abuela se dispuso a cumplir con el mismo ritual de todos los días; cogió la silla de enea, el cesto de la costura y el aparato de radio y abandonó la casa para situarse a cubierto bajo la sombra que comenzaba a dibujar aquella vieja vivienda de la calle Velázquez.

La silla parecía nueva porque el abuelo había aprovechado la jornada del domingo para pintarla de marrón con aquella brocha que introducía una y otra vez en el bote de Titanlux comprado en la droguería de la calle Granados. La tórrida jornada festiva se encargó del resto, que era secarla y tenerla lista para comenzar la semana en aquel pueblo que se conectaba al resto del mundo a través de la radio.

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Varias mujeres más, todas ellas enlutadas de negro riguroso, comenzaron a alinearse militarmente junto a la abuela: todas mirando a la pared, cada una con su silla y su cesto de mimbre repleto de hilos, agujas, lanas y bordados, y todas al mismo tiempo en torno a un mismo aparato de radio.

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“Aquí Radio Intercontinental, Madrid. Son las cinco en punto de la tarde”.

Aquella voz masculina que llegaba a cada rincón de la España infinita ponía fin a las siestas del verano y anunciaba la llegada del consultorio de Elena Francis. La pegadiza sintonía de Víctor Herbert era como un coro de angelicales voces femeninas que inundaba de dulzura los oídos de niños y mayores durante aquellas tardes de verano en las que el sol caía a plomo sobre los tejados de las casas de adobe.

Terry siempre se preguntó qué extraño misterio encerraba aquel aparato que trasladaba música y voces al unísono a cada rincón de aquel país que comenzaba a desperezarse abriendo la puerta a una nueva década que, sin saberlo, estaría protagonizada por el conflicto árabe-israelí, el final de la guerra de Vietnam o el escándalo del Watergate.

La jornada previa a aquel caluroso lunes del 22 de junio finalizó la Copa Mundial de Fútbol de 1970 en la que Brasil se proclamó campeón por tercera vez tras ganarle a Italia por 4 goles a 1. El fútbol televisado en blanco y negro llenaba de emoción las tardes domingueras de los hombres y la radio embaucaba entre semana a las mujeres que curtían su corazón y su mente con las cartas de las oyentes y los consejos de la magistral Elena Francis.

Para aquel niño, las señales horarias de las cinco de la tarde de Radio Intercontinental de Madrid tenían un doble motivo de satisfacción, pues marcaban el principio de su libertad tras el obligado cautiverio de la siesta y le abrían la puerta al mágico mundo del consultorio radiofónico que envolvía en un halo de misterio todo cuanto le rodeaba.

Terry disfrutaba analizando las palabras de aquellas mujeres que, mientras cosían, comentaban cada carta, cada consejo, cada palabra de aquel consultorio en el que se hablaba de amores, infidelidades encubiertas, engaños y promesas vacías. La misteriosa voz femenina de Elena Francis permitía soñar a las mujeres de una generación feliz entregada al hogar y la familia, pero también al sacrificio y el conformismo.

Y cada tarde, tras el serial radiofónico, se abría una puerta a la realidad en formato publicitario.

“Enrique Busian, joyería y relojería. Calle Mayor, 6, piso primero. Recuerde que Enrique Busian no tiene puerta de calle”.

Entonces el niño se levantaba de la acera gris, comenzaba a corretear de nuevo, y se preguntaba por qué ese señor no habría abierto una puerta a la calle, aunque hubiese sido una pequeñita desde la que poder asomarse en el futuro a una vida mejor, como la que prometía Elena Francis a sus millones de seguidoras.


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