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Vuelven los niños y los mayores al cole o a la universidad y solo oímos hablar de mascarillas, de medidas de higiene, de distanciamiento… La Covid-19 ha dejado, así, pequeños a las guarderías, colegios y centros. No estábamos preparados para esto. La ratio de alumnos por aulas decrece, ahora no por falta de nacimientos, sino por falta de espacio. Se necesitan más aulas, más profesores, más autobuses para no llegar como sardinas en lata. Es un problema de hoy, no de ayer, que la pandemia va desgranando poco a poco y al que se le buscan soluciones que, en principio parecieren difíciles. En vísperas, y a salto de mata, vamos parcheando la situación que, a poco de empezar, habrá que retroalimentar y empezar de nuevo, como ya ha ocurrido en otros países.

Acostumbrados como estábamos a vivir en soledad, de espaldas los unos a los otros, ahora nos hallamos ante una nueva realidad: el distanciamiento, el espacio o intervalo de lugar que media entre dos cosas o sucesos, sobrevenido, obligado por la pandemia. Hay sitio, pero solo para la mitad, el 50, el 40, el 30, el 20 por ciento. Solo hubiéremos oído hablar del mando a distancia, de punto de distancia, de guardar las distancias, de la distancia de seguridad, de la distancia de frenado, de la enseñanza a distancia…La distancia de seguridad no es ahora solo la que es necesario mantener con el vehículo precedente para evitar colisionar con él en caso de que frene de manera brusca. Hoy lo es también el humano distanciamiento obligatorio, físico, sí, como si hacinados por necesidad, humanidad y costumbre, tratáremos de ahuyentar el virus que nos persigue.

El distanciamiento ha sido siempre el alejamiento, el desvío, el desafecto. La burbuja de seguridad de un pequeño bar no da para el distanciamiento. La distancia nos separa, nos aleja, nos aparta… en lugar de acercarnos, unirnos, juntarnos. Solo si vamos al autocine es posible la unión, el beso, el abrazo. Ni en la iglesia podremos darnos la paz, ni con la mano o el beso que mejor expresare el deseo. Curioso: vuelven los autocines cuando los cines estaban cerrados. Ni bailar se pudiere y menos juntitos, como las parejas quisieren.

“El futuro de la sociedad no está en la distancia de dos metros para cada persona”, dice el arquitecto Norman Foster en una entrevista publicada en El País. Hoy no son seguros ni los aviones, cruceros, autobuses, metros…, cuya ocupación se viene abajo. No hay lugar para intimar, congraciarnos, juntarnos, unirnos…, como antes. Todo ha cambiado. Nada será igual y las bicicletas no serán solo para el verano y los coches para las cuatro estaciones, que apenas lo fueren y existieren cuando el tiempo es tan mutante e imprevisible.

La presencialidad ha dejado de ser obligatoria, aunque sea necesaria en la enseñanza, en el trabajo y en la vida. La convivencia no es tampoco una patente de corso cuando alguno de los convivientes hubiere necesidad de salir fuera de la casa y volver. La pandemia, como la historia, es un “corsi e ricorsi”, como diría Vico, de avances y retrocesos, de idas y vueltas, de marchas y contramarchas, que lleva implícita en su desarrollo su propia decadencia. Aunque podamos vernos y hablar por teléfono o videoconferencia. El distanciamiento nos protege, pero a la vez nos deshumaniza. Todos somos sospechosos; nadie está seguro… El distanciamiento obliga.


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