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lunes. 25.05.2026 |
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El relato de las dos Españas (V)

Cuadro "El duelo a garrotazos" de Francisco Goya.
El relato de las dos Españas (V)

El análisis de los sucesos en San Vicente de Alcántara revela cómo la radicalización ideológica transformó la política local y afectó a su economía, llevando al municipio hacia la bancarrota y la represión tras la ocupación militar en 1936.

Nos acercamos al final de este camino que venimos realizando desde hace tiempoen donde desde el análisis histórico de la vida en un municipio concreto de esta región nuestra (San Vicente de Alcántara), podemos visualizar la realidad del choque antagónico que se produce entre sus gentes cuando la ideología radicalizada se hace bandera, un mal que persiste en el alma de los españoles desde hace demasiado tiempo.

Y esto lo vemos como en ningún otro momento de la Historia reciente en los primeros impases y los sucesivos del año 1936, una etapa que pasa por ser la másbeligerante de todas como así se destila de lo escrito en las actas municipales apropósito de la jerga empleada. Esto contrasta mucho con la moderación y elespíritu conciliador mostrado en los dos períodos previos de la segunda república. Es un hecho objetivo apuntar a que el ayuntamiento sanvicenteño se encuentraespecialmente radicalizado y regido por una masa proletaria destinada adespachar las causas que atañían al mismo segmento social, obviando lo que leocurre al resto de la ciudadanía. Todo ello quedaba vertebrado a partir deargumentos que se ceñían en favor de una supuesta mayoría (así se refería enalgún acta), y sobre la que sustentaban decisiones de gestión económica quellevaron a las maltrechas arcas municipales prácticamente a la bancarrota.

Además. el clima de concordia de los primeros años había desaparecido, lo cualera una prueba irrefutable del polvorín que se estaba fraguando y que seconvertiría a la postre en la tormenta perfecta que desembocaría en elpronunciamiento militar del 16 julio de 1936. No obstante, la onda expansiva delalzamiento no llegaría al pueblo hasta un mes después, el 17 de agosto, fecha en laque se produjo la toma y ocupación de la plaza por parte de las tropas nacionalesvdel Capitán Luna venidas desde Cáceres.

Para ahondar un poco en el clima de esos días no nos podemos referir a lo recogidoen los documentos oficiales, simplemente porque no aparece reflejados: muy al contrario, poco o nada se menciona de los acontecimientos que estabanocurriendo en el país. Solamente se puede detectar la anormalidad del momento por la brevedad de los asuntos despachados en las sesiones plenarias, y por elhecho de la ausencia de correspondencia oficial enviada desde la gobernación. No obstante, en ningún momento se menciona nada de la excepcionalidad de lascircunstancias. De hecho, es singularmente significativo que el acta del 15 deagosto trascendiera con total normalidad en cuanto a los despachos habituales, y ya en la del día 17 lo que se recogiera en el mismo fuese la toma del municipio y laproclamación de una gestora militar además de otra administrativa designada porla primera, y que ocuparían personas afines a la causa (muchos de los cuales fueron rescatados de anteriores administraciones tanto republicanas comomonárquicas).

Por lo tanto, sí se quiere vivenciar el impacto que supuso el abrupto cambio derégimen en el municipio hay que recurrir a las memorias de algunos testigos que
vivieron en primera persona aquellos días. Es el caso de los testimonios del ferroviario Federico Martín Amor pero sobre todo de Enrique Santos, el que fuera después primer alcalde democrático tras la caída del régimen franquista, y que en aquellos primeros días de la guerra ejercía en Badajoz como secretario delgobernador civil de la provincia.

En su obra de memorias El secretario, detalla con bastante hondura losacontecimientos vividos tanto en la toma de Badajoz como en la de San Vicente. Los testimonios son desgarradores y no dejan indiferente a nadie dada la durezade los episodios. Hay que subrayar que la obra no pretende servir para afianzar la visión sesgada de los acontecimientos sino para que, a partir de los hechosnarrados, se pudiera despertar una consciencia colectiva de reconciliación quesirviera para impedir la repetición de latrocinios como los que se vivieron en España en ese período, sobre todo en las retaguardias de los dos bandos (como así asevera el autor en su introducción).Con ese fin, se nos relatan anécdotas que recogen las barbaridades que en SanVicente se cometieron tras la ocupación del municipio, una operación que en sí no fue dificultosa para las tropas del ejército venidas en tren desde la capitalcacereña puesto que encontraron poca resistencia. Lo escabroso vino después:

Podemos citar, por ejemplo, los desfiles de la vergüenza en la que participaronmujeres consideras como rojas, y a las que desnudas, rapadas, embadurnadas enaceite de ricino y en ocasiones acompañadas por sus propios hijos, se les hizoprocesionar por las calles del pueblo tras la toma del municipio.

También se hace referencia a los asesinatos selectivos hechos por fuerzasrepresivas (el llamado paseíllo) que tuvieron lugar en los meses posteriores y comandados tanto por vecinos de la localidad como por agrupaciones venidas de fuera del municipio, y que llevaron a otros vecinos a las fosas comunes repartidaspor varios lugares del término (el cuarto abajo, puerto élice, los cerros altos, elcementerio…).

De todos estos macabros sucesos, como era de esperar, no se da cuenta en las actas plenarias ya que como apunta Enrique Santos en sus memorias, se dio ordenexpresa de no hacerlo: acaso solamente la denuncia del asesinato del exalcalde Camisón, aunque nada se dice del cruel ajusticiamiento sin causa judicial previatortura del otro edil republicano, Antonio Sendras. También se mencionan algunas detenciones y puesta en manos de los juzgados de Alburquerque de ciertos enemigos de la causa nacional como fue el caso del sepulturero municipal,acusado de acumular y esconder armas presumiblemente recogidas entre loscadáveres de los asesinados.

En cuanto al contenido de los registros oficiales, la información recabada apunta aasuntos más triviales que de leerlos sin tener en cuenta el trasfondo del momento,
pudiera hacernos pensar que en la villa se disfrutaba de una aparente normalidad tras la ocupación militar.

No obstante hay alguna llamada de atención que nos deben poner en sobreavisode que esto no fue así. Nos estamos refiriendo al cambio sustancial en cuanto a lasituación económica de las arcas municipales, las cuales en poco tiempo pasaronde poco menos de 400 pesetas a más de 37.000. El motivo de este cambio hay que buscarlo en la llamada “recaudación de apremio”, citada como tal en las actas y explicada en detalle por Santos en su ensayo: realmente nos encontramos ante un mecanismo de recaudación que rozaba la extorsión, y con la que en muchas ocasiones se llevaba a algunas familias prácticamente a la mendicidad. Con tales recursos, además del gasto corriente habitual, se sufragaron otras cuestionesrelativas a las necesidades militares del bando (como donativos para la reparaciónde un acorazado o el mantenimiento de los Hospitales de sangre). También sirvió para el mantenimiento de un comedor social para pobres cuya gestión fue objeto de polémica dada la lucha por su titularidad, primero municipal y luego ya enmanos de Falange tras su requerimiento forzoso mediante petición a lagobernación.

Por lo demás, y si obviamos la nueva retórica de exaltación patriótica en base a losnuevos valores consignados, los asuntos despachados continuaban siendo la asignación de socorros, bajas y altas en el catastro, gastos corrientes, bajas de arbitrios por pérdidas de cosechas de vinos, indemnización por pérdidas decarnes en mal estado y en definitiva, un intento por preservar una costumbre quelidiaba su propia guerra por seguir manteniéndose como siempre se había dado.

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