El penúltimo domingo de noviembre amaneció raro: el cielo, de un tono ceniza profundo, parecía querer engalanarse para las exequias.  Se acababa de ir un grande, quizás uno de los mayores pensadores que ha dado este país desde los tiempos de Ortega.

Antonio Escohotado Espinosa, un genio, un maestro con mayúsculas: plena sabiduría enciclopédica, un abismo de conocimiento, y más que eso, de inquietud por conocer, el motor que movió toda su vida.

A él nos une los que lo hemos seguido de alguna manera, un extraño vínculo no solamente intelectual sino también afectivo, cosa muy extraña que a veces me inquieta puesto que nunca lo tratamos en carne y hueso, si bien, la cercanía con la que hemos conocido todas sus andanzas en conferencias y obras significativas nos lo hacen ver como algo muy nuestro y alojado en el interior de nuestros corazones.

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Varios fueron los cimientos de conocimiento que tan insigne estudioso ayudara a divulgar, si bien fueron dos, el asunto de las drogas y el del comunismo, a los que dedicara más tiempo y esfuerzo durante toda su vida.

Cabe destacar que la clave de su interés ante tales temas tabúes y tan aparentemente distantes está en su propia experiencia personal ya que en ambos asuntos, Escohotado fue practicante, en el primero de ellos durante toda su vida y en el segundo durante su etapa juvenil.

Con todo, y a pesar de que la experiencia siempre fue un grado notable de motivación, sus dos obras capitales nacidas de las investigaciones realizadas en los dos campos citados (“Historia general de todas las drogas”, por un lado y la trilogía de “Los Enemigos del comercio”, por el otro), no dejan de ser una colección de estudios ensayísticos-genealógicos dotados de una meticulosa argumentación de datos y hechos contrastados, que le harían llegar a los orígenes más profundos de tales asuntos tocando cuestiones económicas, antropológicas, sociales, políticas e históricas. Escohotado nos regala así una visión caleidoscópica transversal muy rica y completa, lo que sin duda demuestra la valentía de un espíritu hambriento de saber.

He de reconocer que del primero de los temas abordados poco conozco salvo el que está vinculado al de las sustancias enteogénicas y los rituales mistéricos eleusinos (asunto, por cierto, al que él también estaba muy unido): es por lo tanto una asignatura pendiente para mi sumergirme en tan interesante asunto, que acabaré haciendo con el tiempo (¡seguro!) si bien del comunismo, algo hemos aprendido gracias a las aportaciones del maestro.

Entre otras cosas, su argumentación demuestra que estamos hablando de la ideología más genocida, reaccionaria y déspota de toda la historia de la humanidad, nacida del rencor, la ira y de la envida del Hombre y cuyo origen no debemos remontarlo a los tiempos de Marx y Engels sino mucho más atrás, justamente a la época clásica, allí donde la sociedad clerical-militar espartana echó su semilla del terror focalizando su odio en la sociedad comercial ateniense a la que acabará destruyendo. Después vendrán las sectas precristianas, el propio cristianismo para finalmente derivar en los credos socialistas y comunistas que aún hoy (y de qué manera) persisten bajo los mismos preceptos: la propiedad privada es un robo y el comercio su instrumento.

Hay que recordar que Escohotado fue miembro del partido comunista, un hecho que sin duda le valió la posibilidad de conocer de primera mano el funcionamiento del aparato del partido y del propio dogma, por lo que tiene una doble importancia el coraje con el que el maestro fue capaz de transformar su propio espíritu hacia una forma de ser completamente distinta, alejada en las antípodas de esa manera de pensar sectaria y absolutamente belicosa, algo que conseguiría estudiando y analizando con juicio crítico en primera instancia la realidad de las sociedades asiáticas y que diera lugar a su obra “Sesenta semanas en el trópico”, sin duda el preámbulo de su monumental trilogía sobre el comunismo que vendría después.

En este libro, además del análisis socioeconómico de aquellos lares, Escohotado nos denuda su alma, ya que el libro es en realidad es un diario de sus vivencias durante el año sabático que viviera en indochina a principios de los años noventa del siglo pasado. Está escrito con una ternura especial, dejando entrever de vez en cuando las cadenas morales que le aprisionaban por su mala praxis en los asuntos sentimentales y que llevara siempre sobre sus espaldas como si fuera una pesada losa. Es, sin duda, un ejercicio de humildad que particularmente le honra a mi modo de ver, le muestran  como un ser humano más, repleto de defectos pero también de virtudes, que vivió una vida forjada a base de aciertos y fracasos, de luchas interiores que le hicieron avanzar hacia destinos inciertos pero siempre con coraje y valentía, siendo el estudio y el conocimiento la brújula que le permitiera convertirse en uno de los mayores defensores de la libertad que haya podido existir jamás.

El hombre y el pleno dominio de los designios individuales fueron una verdadera obsesión para él, algo que le llevara incluso a preparar con una voluntad admirable su encuentro con “la Parca”, como solía decir él, fruto precisamente de un amor desmedido por la vida.

En alguna de sus últimas conferencias  ya predecía como iba a ser ese vuelo definitivo, acordándose de los últimos momentos de Aristóteles. Escohotado  cuenta con esa sensibilidad especial como el sabio heleno decidió morir en soledad, arropado por una manta como si fuera un perro porque no hay mejor final que ese, siendo uno y solo, sin dramatismos, en gratitud con todo lo vivido pero asumiendo el paso inexorable hacia el otro lado. Y así se fue el maestro, en su paraíso ibicenco arropado por los suyos pero en soledad de uno. Qué grandeza, maestro, pero a la vez, qué tristeza. Se nos ha ido  el penúltimo faro aunque siempre nos quedará su obra, su legado, su eternidad como diría Canetti porque los genios no mueren cuando  son las letras las que lo han acompañado en su devenir por la vida.


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