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Llevamos un año y medio sufriendo una pandemia de consecuencias impredecibles y aún no hemos aprendido la lección; vamos a tener que repetir curso porque nos cuesta digerir lo que está pasando. No se puede afrontar la realidad con miedo, pero sí con respeto. Es necesario huir de los bulos y aferrarse a lo que nos ha tocado, pero nunca caer en la ignorancia y poner el ventilador para esparcir las cenizas de nuestro propio ego. Y es que hay quienes abren el día como si alguien estuviese con el dedo acusador lanzándoles improperios sin caer en la cuenta de que son uno más en quien nadie se había fijado, una mínima parte del mundo que nos rodea que ni aportan ni se les espera porque siempre han creído estar por encima del bien y del mal. Si después de tantos meses de incertidumbre y desasosiego aún no hemos superado ciertos traumas es mejor que bajemos la persiana. Es de primero de coronavirus.

En esto de la Covid están por un lado los gobiernos de turno, a quienes les ha pillado la pandemia -como a todos- con el pie cambiado. Otra cosa es que hayan sabido actuar con la diligencia y certeza necesarias para poner coto al desaguisado. Su misión, además de ejercer tareas de control para erradicar la enfermedad, ha consistido, en buena medida, en ocultar buena parte de lo que estaba pasando, unas veces por desconocimiento, otras por temor a errar y otras también por la necesidad de mantenerse a flote.

Luego nos encontramos a quienes actúan con chabacanería en las redes sociales, difundiendo cotilleos y diretes de Primaria como preadolescentes descontrolados. Más preocupados por la vida de sus vecinos que por la suya propia, insisten en criticar a quien viajó a la playa, al que celebró el cumpleaños o a quien se fue a pasar el fin de semana a ver a la familia. El que esté libre de pecado que lance la primera piedra -lectura del Santo Evangelio según San Juan-, aunque hay que reconocer que unos han necesitado confesarse más que otros.

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Y luego nos encontramos a las víctimas, esas a las que les desborda su propio ego y que están convencidas de que todos tenemos la culpa de lo que está sucediendo. Todos menos ellos, claro. Son los mismos que piden apoyo para el comercio local pero disfrutan comprando fuera, quienes vociferan contra la era de internet pero sobreviven gracias a ella o quienes se atreven a calificar cada palabra que escribes porque una varita mágica les concedió el falso don de la superioridad. Son, en definitiva, pobres ignorantes disfrazados de listos de tres al cuarto.

Si algo hemos descubierto en estos 18 meses es la tremenda fragilidad del ser humano y su poca fortaleza para afrontar nuevos desafíos. Es cierto que nos han puesto el listón demasiado elevado como para superarlo, pero para eso nos crearon distintos al resto de animales y nos regalaron la inteligencia. Cuando nos supera la soberbia dejamos de ser personas y nos convertimos en fantoches; es entonces cuando necesitamos examinarnos a nosotros mismos y someternos a una cura de humildad. El odio y la sinrazón solo conducen a la podredumbre y la infelicidad en la que se encuentran permanentemente encerrados quienes no saben vivir la vida sin fijarse en la de los demás. No olvidemos que el sabio siempre quiere aprender, el ignorante siempre quiere enseñar.


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