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(Hacia una ecología de la atención).

El año de la pandemia, y del pesar, vivido como un “ahora” que continua. Para salir de la pesadilla y querer que todo pase muy deprisa, nos hemos inventado un vocabulario, a veces prestado y otro combinado, para dar sentido a una nueva crisis global cuyo final siempre está puesto en duda.

Palabras con significados nuevos que se han convertido ya en “históricas”, huellas no solo lingüísticas sino de cambio de cotidianidad.  Aislamiento ( incluso  para las no infectadas) ;  Confinamiento ( mejor autovigilancia compartida) ;  conviviente ( en alguna  familia también hay allegados que viven en la misma casa) ; coronavirus ( independiente de la voluntad individual ); la covid y el COVID,( que no se denomina fiebre de China o enfermedad de Wuhan) ;cuarentenar (¿era de verdad 40 días?); distancia social y física (¿la distancia es limitación o lejanía?);  en línea (siempre entregados y distraídos 110 veces al día, y ya es oficial); fase uno  y ola número tres ( la inicial y la tercera ola sin saber si habrá una cuarta , pero por si acaso….); infodemia ( sobreabundancia de rumores alarmantes); mascarilla ( que no solo  tapa la boca); paciente cero (se intenta así desviar lo que es  un caso inicial); pandemia  ( una enfermedad explosiva  muy violenta con alcance planetario y de tiempo indefinido); rebaño ( ahora es un grupo o colectivo humano);  reescalada (la Fundación del Español Urgente ya nos  permite poner las dos es);  teletrabajo ( gracias a la pandemia); seminario virtual( ya  no es aparente , es muy real).

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Aunque lo más inusitado ha sido el intento de militarizar la situación, como si de una guerra se tratase. Acerca del número de bajas y de su comunicación oficial; tasa de mortalidad (sobre la población total) y de letalidad (solo de las personas afectadas). Acerca de los cumplimientos en combatir, para así vencer hasta la muerte. Pero, en esta situación, el que no cumple no es un “traidor”, los sanitarios no son “soldado”; ni la atención primaria es “línea de fuego”, ni el estado de alarma es toque de “queda militar”.

Quienes han, hemos, perdido a familiares sabíamos que esto no era una guerra como algunos medios y “bocazas” divulgaban sin cesar” (presidentes en USA, Brasil, Reino Unido sin ir más lejos).  Y que por tanto no hemos fallado en los cuidados, en cuidarse a uno mismo y a los otros, como vulnerables que somos. Hemos divagado en cuanto al horizonte que deseábamos, actuando de manera cortoplacista a fin de que el sistema saque el máximo beneficio monetario lo más rápido posible; hemos errado en no darnos cuenta que también la salud se estaba convirtiendo en un negocio mercantil.

Mucho antes de esta pandemia habíamos confiado a nuestros mayores en sitios lúgubres, apartados a distancia de lo social, dejados en una vejez solitaria de vez en cuando visitada. Ahora clamamos que faltan medios y recursos sanitarios para así seguir impulsando que la salud pública se convierta en un mercado global, es decir en un control por unas pocas farmacéuticas mundiales y con grandes poblaciones expuestas a su suerte. Y entre ellas, todas las generaciones futuras sobre las cuales cargaremos todas las “deudas” que ahora mismo estamos promoviendo para “salir de esta”.

A fin de que este paréntesis histórico no devenga una “nueva normalidad”, como desgraciadamente nos han estado vendiendo, sí necesitamos más ciencia, medicina y humanidades, pero con un pensamiento diferente.

No podemos repetir lo mismo, el “ya os lo habíamos advertido hace décadas”, como si lo estuviéramos esperando y en cada crisis responder de la misma manera casi religiosa; considerarla como un azote (“el virus que nos azota”). ¿Es acaso un estallido que nos anuncia otra aún por llegar? ¿De qué manera nos preparamos para afrontar las otras crisis originadas?

Demasiados desafíos sin resolver, quizá no nos habíamos dado cuenta, pues las últimas crisis no son ni pasajeras ni están resueltas. Es más, se están acumulando. El cambio climático, la extracción de recursos mineros, la eliminación creciente de la biodiversidad tiene unas causas determinadas de una modernidad expansiva occidental comenzada hace 500 años. Y para no hacernos sentirnos culpables preferimos que el tiempo se acelere y lo medimos con el crecimiento continuo y los resultados inmediatos; “no saldremos de esta si no hay crecimiento”. Eso sí, ya nos clasifican como mercancía según seamos avanzados, emergentes o en desarrollo para seguir dando vueltas a lo mismo.

Y es que en la forma de pensar occidental no cabe el largo plazo, solo reconocemos lo que conseguimos de manera instantánea; nos estamos dejando engañar por el consumo frenético, y por un sistema económico hegemónico donde las operaciones bursátiles se hacen en nanosegundos. Y sin embargo la vida se nos va, pretendiendo solucionarlo como siempre, a costa del empobrecimiento de los demás. Siempre entre perdidas y victorias. Y además ahora, por primera vez en la historia de la humanidad, ya estamos incluyendo a las próximas generaciones; “alguien tiene que pagar la deuda”.

Tenemos que cambiar de mirada, la pandemia nos lo requiere y no solo como respuesta a algo como covid-19. Pensar a largo plazo evitaría caer en solo resolver los problemas aceleradamente. Concebir proyectos, planificar juntos un horizonte más amplio que al hasta ahora incrustado en la educación y políticas activas. Es cierto que crear y pensar a largo plazo es impedido por el sistema capitalista, en el cual nos sirven como entretenimiento cotidiano teorías conspirativas, exageraciones absurdas e informaciones catastrofistas. Solo nos cabe esperar la siguiente, esperar al salvador que nos libere. ¿De qué?

Una vez que hemos superado representar las epidemias como “castigo divino” no vayamos a caer en sustituir la iglesia por las multinacionales big-data entregándoles todas nuestra potencia individual y social con tal de ser felices por un día.

Las vacunas no son solo una repuesta acertada de la ciencia y técnicas empleadas, ahora tenemos que ser capaces de “reconectarnos con la tierra y con los largos ciclos del tiempo”. Pensar a largo plazo requiere también de una estética, de la sensibilidad como mejor aliada. Entremos en un año nuevo.

Recomendaciones: Jose Luis BELTRAN. “Historia de las epidemias en España y sus colonias (1348-1919)” y Teresa OÑATE. “Pandemia, globalización, ecología. 34 filosofas y filósofos responden”. UNED: 2020.


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