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Llegadas estas fechas, no es extraño escuchar a los puristas abominar de la ‘moda importada’ del Halloween, y reivindicar nuestra merendita (como se llama por ejemplo en Fuente de Cantos) como tradición propia frente a extranjerismos. “A mi que me den nueces e higos para el casamiento, castañas, membrillos y granadas, y no esas ‘tontás’ de zombis ni calabazas”, se afirma con rotundidad. Sin embargo, la historia marca que ambas celebraciones son autóctonas. Es más, el Halloween es anterior a la merendita, a las celebraciones del Día de Difuntos.

Así lo refleja la periodista Israel J. Espino en su interesante blog Extremadura Secreta. Efectivamente, para los celtas el 31 de octubre marcaba el final del año, al terminar las cosechas, y daba lugar al año nuevo con el inicio de la ‘estación oscura’. Nuestros antepasados celtas creían que justo en ese momento era cuando el mundo de los vivos y el de los muertos estaban más próximos, con lo que los espíritus podían salir de los cementerios y apoderarse de nuestros cuerpos para resucitar.

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Para conjurar este peligro, se celebraba el Shamhain, un rito que consistía en infundir temor a los espíritus colocando en las casas elementos macabros, como huesos, calaveras, murciélagos muertos, faroles con expresiones aterradoras… y además las viviendas se ensuciaban para que los muertos creyesen que allí no había cuerpo vivo que ocupar y pasasen de largo. Máscaras y disfraces formaban parte del atrezzo, a fin de que las almas que vagaban creyesen que la vivienda había sido tomada por espíritus malignos a los que era mejor no provocar.

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A la vez, los chamanes intentaban adivinar qué iba a ocurrir acudiendo a los cementerios a comer y beber sobre las tumbas.

El primitivo Samhain se transformó en Halloween por la deformación de la expresión escocesa que definía la Noche de Difuntos, que era All Hallows Eve, y fue llevado a Norteamérica por emigrantes irlandeses en el siglo XIX, quienes aportaron también el elemento de la calabaza vaciada, parte de su leyenda secular de Jack el Tacaño.

Por tanto, la tradición del Halloween se remontaría nada menos que a hace 3.000 años. Pero ¿qué tienen que ver los celtas con nosotros? Todo en realidad. La prueba está en yacimientos como el del poblado de Castillejos (próximo a Fuente de Cantos), donde se ha certificado la ocupación celta, de ahí su mala relación con los invasores romanos, cuya cultura y costumbres se asemejaban en cierto modo a las de los íberos, pero chocaban con nuestros antepasados celtas.

Por nuestras tierras, esta tradición del Samhain se mantuvo hasta el siglo VIII, cuando la Iglesia decidió ir sustituyendo las fiestas paganas por fiestas religiosas. Así se trasladó la festividad de Todos los Santos del 13 de mayo, que era cuando se celebraba, al 1 de noviembre, para que se solapase al Samhain y de esta forma acabar con el rito pagano.

Poco a poco, se impone la celebración cristiana y se va marginando el Samhain, un rito herético. Así llegamos a lo que hemos conocido de toda la vida (aunque lo cierto es que también se está perdiendo).

La celebración se transformó entonces en una visita homenaje a los cementerios, para honrar a los difuntos, tras lo cual se celebraba una fiesta en las eras vecinas al camposanto.

¿Por qué una fiesta en ese lugar? Muchas son las interpretaciones que se dan a este extraño rito, que permite, solo una vez al año, que los niños rompan, con sus gritos y juegos, la paz. En cualquier otra fecha estas actividades estarían muy mal vistas, como una ofensa a los difuntos.

Hay diversas explicaciones para ello. Una señala que se trata de una forma de comunión entre vivos y muertos, una forma de compartir la comida con los difuntos, como signo de continuidad entre generaciones.

Otra, complementaria quizá, apunta que se pretende que ese día es compartir con los difuntos la alegría de la vida, expresada a través de los juegos y risas de los que, en teoría, están más lejos de la muerte. Es una forma de decir a los fallecidos que sus familiares están bien, que disfrutan de la vida y que se acuerdan de ellos. Ese día el cementerio no da miedo y el pesar por el difunto se transforma en la alegría de compartir la jornada con ellos, como si realmente pudiesen percibir este homenaje y participar de él.

Con todo, hay algunos elementos de la merendita que hacen pensar de nuevo en una conexión con el primitivo Halloween. Uno de ellos es la costumbre fuentecanteña de vaciar melones pequeños, hacer ojos y boca en la corteza e introducir en su interior una vela para usarlos a modo de farol. Es evidente la similitud con la conocida calabaza.

Y, puestos a bucear en ritos ancestrales, bien podría ocurrir que el macabro ‘día de Ramiros’ también tuviese conexión con una tradición celta: es la entrada de la primavera, es decir, el fin de la ‘estación oscura’, el momento en el que los espíritus regresan a su mundo, vencidos por la luz. ¿Y qué es el Día de Ramiros? Eso es materia para otro artículo, pero daré alguna pista: eran personajes siniestros que aparecían a las 12 de la mañana del Sábado de Gloria para recorrer las calles hasta la noche del Domingo de Resurrección, infundiendo pavor entre los niños. A principios de abril, el resto del relato.


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