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Hacia una ecología de la atención

¿Cómo distinguir entre la verdad y el engaño? ¿Cómo hacerlo a través de los miles de noticias que pueblan la red mundial electrónica? ¿Y, en estos momentos?

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Estamos demasiado educados a tener por verdad aquello que es inmutable, que no cambia tan fácilmente y por tanto nos aporta una cierta estabilidad. El arte primero, luego la magia y ahora la neurociencia apuntan a que nuestro cerebro, a través de imágenes, es fácilmente manipulable y que se adapta a las mil maravillas para dejarse engañar.  Y resulta que el “engaño” es lo que usa el cerebro para asegurarse de lo que tiene delante, para reducir y simplificar a fin de obtener la respuesta que necesitamos o nos exigen aportar de inmediato. Por tanto, parece que de poco nos sirve la experiencia cotidiana de lo múltiple si al final se obtiene verdad que es “una y mayoritaria”.

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Todo lo que vemos cambiar rápidamente, todo lo que suponga para nuestros sentidos muchas posibilidades lo hemos declarado como “engañoso”, es decir meras apariencias. La apariencia la hemos comprendido como opuesta a la verdad, entendida esta como lo idéntico a sí mismo.

Por tanto, para entendernos humanamente, nos situamos en abismos infranqueables entre verdad y apariencia; verdadero y falso; original y copia; experiencia y simulacro.

¿Qué es la realidad entonces?  O mejor; ¿Cómo distinguimos las noticias falsas de las verdaderas? El filósofo Platón se preguntó por estas cuestiones y nos legó que siempre hay una Forma esencial para que todas las cosas puedan existir. Hay, en todo lo que existe o en todo lo que se nos pueda ocurrir, un solo ejemplar, y solo uno y es perfecto e ilumina a todo lo restante. Y esta es la trampa mental que no ha legado el platonismo. En la cultura occidental hemos despreciado a la diferencia, al resto, a lo que queda fuera, a todo lo que pude llegar a ser, por imperfecto y poco iluminador.

Y resulta que la realidad que sentimos es plural, múltiple y diversa.

No vamos a perecer por no saber distinguir las noticias falsas de la verdaderas, pero si nos aminoramos, nos paralizamos, al no contemplarnos como plurales, múltiples y varios. Al no considerarnos pluriverso.

¿Algún ejemplo actual? Pues las diversas interpretaciones esencialistas acerca del actual gobierno de coalición en España aprovechando la situación pandémica sin resolver. Como gobierno de plurales, la oposición política no admite su realidad y la considera repugnante a un sentido común demasiado acostumbrado a tener solo “uno”, y en ese “ahora te toca a ti, mañana a mí, y así nos vamos turnando verdaderamente”. Y resulta que no todas las situaciones políticas en una democracia son iguales. Si todo es político no todos los políticos son iguales.  Y el poder se ejerce no se posee.

¿Debe servir la situación sanitaria, que estamos viviendo, para dividirnos en bandos como si esto fuera una guerra como pretenden las derechas actuales y los nacionalistas sean independentistas o no?

Tampoco todas las situaciones intelectuales en una democracia son de la misma condición. El escritor A. Trapiello sostiene ahora quién merece honores de la Historia como respuesta al descabalgamiento de las estatuas de la dictadura; pone y quita como juececillo ecuánime (Largo Caballero nunca, Indalecio Prieto sí lo merece).  Cuando algunos siguen afirmando que nunca ha habido derecha ni izquierda, que todos son lo mismo, quizá están diciéndonos que la guerra civil fue solo una matanza entre hermanos y no un “golpe de estado militar” que usó a la población civil precisamente para sus fines de destrucción y muerte.

No todo vale, y no todo se asemeja, o quizá sí desde el momento que se pretenda crear una enorme confusión y simplificación para la cual tendrá siempre las adhesiones más inmediatas, que precisamente por eso serán consideradas como verdaderas, más auténticas.  Pero la historia de 1931 no es la historia de 2019; no se trata de los mismos problemas.

La temporalidad o es creadora o nos empuja hacia ninguna parte. Se confunde devenir con historia deliberadamente para impedir la apertura a lo posible. Devenir no es progresar, pero tampoco regresar, es más bien del orden de la alianza, de las relaciones y la coalición. De la conjunción.

Si la izquierda se reconoce como tal es porque lo que plantea como horizonte es el planeta para llegar a la entidad geopolítica, al país, al territorio, a la ciudad y a la casa donde habitamos, porque para una verdadera afirmación de la vida resulta que sí importa la desigualdad y la sobreexplotación de recursos finitos.

Lo que cuenta en el camino no es el comienzo ni el fin, lo verdadero está siempre en el medio como bien nos recuerda Antonio Machado, pero también Miguel Hernández, cuyos versos son considerados “falsas noticias” por el actual alcalde de Madrid ( “ Nosotros sí tenemos otras prioridades”)

Por tanto, podemos distinguir lo falso porque excluye a los otros, los jerarquiza para designarlos y los paraliza con el miedo. Lo falso reduce la realidad hasta dejarla solo reconocible a través del odio.

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…”. “Tristes hombres, si no mueren de amores. Tristes hombres”.


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