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Hacia una ecología de la atención

Hace 2.500 años en la zona que los griegos denominaban Jonia (la costa de la actual Turquía) y en las islas cercanas (archipiélago) y sur de la actual Italia surgió “un modo de pensar nuevo” que se denominó filosofía, para intentar comprender el mundo y el ser humano en base a razones y argumentos. Inventaron el logos, la razón, una forma entre otras muchas de construir la sabiduría. Querían diferenciarse de la religión, así como de la poesía didáctica. Fundar un pensar que apaleaba a las cosas sin recurrir a causas externas ajenas al hombre, a los mitos y a las musas, que tanto sacerdotes como videntes habían institucionalizado.

En la Grecia clásica la razón frente al mito implicaba una concepción de la ciencia sin aplicación técnica (matemática, meteorología, cosmología), e inventaron la democracia o acceso directo a la cosa pública en las cuestiones de la ciudad-estado (la polis).

Pero aquel mundo griego ya no es el de la cultura occidental que en el siglo XVII inventó el Sujeto (blanco, burgués, varón y adulto) como fundamento de todo pensar y decidir. (Descartes).  Aunque también, en el mismo siglo, creó la critica a dicho modelo que denominamos “modernidad”; la razón también debía tener en cuenta los afectos y las relaciones, como posibilidad de lo que puede un cuerpo tanto en acción colectiva como en pasiones individuales (Spinoza).

Si alguna vez hemos sido herederos de aquel “mundo moderno”, es en cuanto legado de un pensar en escisión permanente, entre sujeto (pensante) y objeto (de conocimiento), que logró separar cuerpo y pensamiento, ciencia y filosofía, ambas indisociables de las realidades conquistadoras y colonizadoras occidentales. Desde entonces, hemos avanzado mentalmente, construyendo e imponiendo un mundo de dualidades, de jerarquías, exclusiones y negatividades, que en su progreso de discurso lineal y repetitivo ha conseguido bloquear el pensar de otra manera.

Hoy necesitamos otras narrativas.  Se trata de deshacernos de reflejos y hábitos que se han convertido en dogmáticos e incluso nos hacen indiferentes.  Abrirse a todos los exteriores posibles, tanto de la literatura como del arte, sin condicionamientos de una Historia sabionda que nos intimide.   Entre ellos romper con la idea que los humanos hacemos la historia nosotros solos, sin relaciones con el medio, sin relación con la manera de cómo transformamos el entorno a la vez que nos transforma.  Si otro mundo operante nuevo precisamos construir en esto momentos es el de la coexistencia de muchos mundos. Un pluriverso.

¿Cómo proponerlo desde una actualidad dominante que ha globalizado las crisis de manera simultánea? . Ciencia y Filosofía deben entrar en resonancia para indicarnos un “mundo en que todo está conectado con todo lo demás”.

Planetizar la mente, para no tomar una sola dirección. (Eudald CARBONEL . “Elogio del futuro. Manifiesto por una conciencia crítica de la especie”. 2018). Toda uniformización es un peligro evolutivo.

Para que el mundo funcione de otra manera, frenar la globalización es lo que hay que hacer ahora. Parar la información que llega de un solo mundo a través de unas pocas plataformas digitales, que en realidad son la voz de unos pocos técnicos que nos modelizan en base a algoritmos que nosotros alimentamos. Parar la narrativa que de manera cotidiana estamos propagando, la de que en este mundo hay problemas enormes y solo unos pocos científicos pueden arreglarlo, construyendo mejores algoritmos.

Si queremos otra ciencia posible, hay que hablar de ralentizar para aprender a sentir y a tomarse en serio las preguntas y cuestiones junto con lo otros, con los que están concernidos por los problemas. Un “pensamiento planetizado” donde importan tanto las partes como los modos divergentes. No se trata de pensar en conjunto cada uno representando a su disciplina, sino de poner cada ciencia, cada especialidad a aquello que les reúne, que les integra. Que esas fronteras entre disciplinas lleguen a ser zonas de intercambio y no de muros redentores.

Filosofar la mente es ejercer la libertad de constituir los problemas mismos. (G. DELEUZE Y F. GUATTARI. “¿Qué es la filosofía?.” 2006). Todo mundo puede constituirse en relación con lo que corre peligro. Toda explicación debe incluir a los otros minoritarios.

El trabajo de la filosofía ya no es fundar un solo mundo, una realidad única y universal, una “nueva modernidad”. Se trata mas bien de problematizar lo adquirido, lo habitual y para ello es importante conocer quiénes y cómo se determina los problemas que configuran el mundo. Un “pensamiento filosófico” aprende de lo no resuelto, de crear conceptos que no están dados de antemano. Y es que los problemas no son independientes de sus soluciones, y tienen causas que explicar.

La pandemia y el cambio climático así nos lo enseñan. Claro que hay que solucionarlo, encontrar una vacuna para el coronavirus, o mitigar y adaptarnos al clima, pero por ello no tenemos que tapar, ocultar, el problema. Las soluciones tienen que servir para comprender los problemas no para hacerlos desaparecer. Atención.

En nuestra ayuda, ahora en las librerías y quioscos, nos ofrecen descubrir la interrelación entre la filosofía, la ciencia y el arte, desde los presocráticos (Pitágoras, Samos, -569) hasta Judith BUTLER (Cleveland, 1956) para entender que si seguimos soñando una naturaleza gobernada por los humanos estamos soñando su destrucción.

Con todas las aceleraciones tecnológicas del último siglo… ¿Acaso no percibimos que todo lo que intentemos destruir se va a mantener sin que nosotros estemos?


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