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El pequeño Terrible acostumbró a abrir puertas desde pequeño, incluso cuando no tenía las llaves. No, no es que fuese un ladronzuelo ya de niño; lo que trato de contarles es que supo sortear los obstáculos que le puso la vida desde su más tierna infancia.

Dicen que era tan travieso que le ataban cuando su padre marchaba a trabajar y su madre salía a los recados, y todo porque la carretera era tan cercana y estrecha que parecía un pasillo más de su casa y las ruedas de los camiones pisaban un acerado a ras de suelo que le ponía en peligro con solo asomar el flequillo. Quizás ahí descubrió la importancia que tienen las llaves en la vida que nos han regalado.

Terry fue de esos niños que se criaron en la calle y llegaban a casa llenos de heridas y oliendo a sudor, porque entonces la vida les dio la llave de la felicidad que, con el paso de los años, otros se han empeñado en quitarnos. Hijo de familia numerosa de las de antes, si tenía sed bebía de los charcos, porque ir a casa a determinadas horas suponía acortar sus ratos de ocio. ¡Benditos aquellos días en que el cielo regaba las calles!

En el colegio le enseñaron que había muchas llaves, pero jamás pensó que una de ellas fuera un signo gráfico que servía para encerrar un conjunto de palabras o números al que otros llamaban paréntesis. Las llaves abren y cierran cerraduras, aprietan y aflojan tuercas e incluso regulan el paso de líquidos por las tuberías. Es tan rico y genuino el léxico de nuestro idioma universal que admite casi una veintena de acepciones de una palabra mágica como llave.

Cuando España todavía era un país, la inmensidad de la prole y el afán por regalar futuro a su vástago hizo que sus padres le condujeran a un internado; allí descubrió que no había llaves para la distancia, que se ha convertido en uno de los peores enemigos a lo largo de su vida.

El paso de los años ha enseñado a Terry que las llaves abren puertas, pero también las cierran; es como esos viejos relojes de bolsillo que sólo te permiten ver la hora cuando retiras la tapa, o como los mecheros de gasolina que cierras tras encender un pitillo. Es, en definitiva, como un abrir y cerrar de ojos. O como abrir y cerrar una pesada puerta que no conduce a ningún sitio.

Aquel niño, hoy transformado en adulto, anda ahora obsesionado con el paso del tiempo. Dice que el reloj corre tan deprisa que le provoca pavor, y es que quizá se ha percatado de que la vida sólo dura un instante y por eso no quiere que pasen deprisa ni siquiera los lunes.

Terry se ha empeñado ahora en detener el tiempo, pero ha llegado tarde; se ha dado cuenta de que no hay llave capaz de abrir la puerta a una nueva vida donde todo discurra de una forma más lenta, más entretenida, más feliz.


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