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Fue hace mucho. Quizá solo lo recuerden ya los mayores. Hubo una vez en que, en una iniciativa muy poco espontánea, inducida desde arriba para tapar vergüenzas de gestión incompetente, se nos citaba a aplaudir a los sanitarios todos los días a las ocho. Nunca salí a aplaudir, por dos razones: la primera, porque me pareció una engañifa, un trampantojo para explotar el buenismo ingenuo, infantilizado, para que creyésemos que estábamos haciendo algo solidario por los sanitarios y nos fuésemos a cenar y ver series más ufanos con el deber cumplido; la segunda razón, la fundamental, es que no tengo balcón al que salir.

Supongo que a estas alturas muchos se estarán ciscando en mis antepasados, remontándose hasta el primer homo sapiens, por hablar de gesto ingenuo e infantil de autocomplacencia. No pasa nada. Porque mientras se aplaudía por orden (o sugerencia) gubernativa, a los sanitarios se les enviaba, como dijo uno gráficamente, a pelear con armaduras de cartón. Eran, se nos decía, héroes sin capa…, pero también sin bata, sin mascarillas (¿recuerdan cuando se nos decían que eran inútiles? ¡qué tiempos!), sin guantes, sin protección alguna, sin test para saber si estaban o no infectados y contagiaban a pacientes y compañeros de trabajo.

En vez de ponernos bravos y exigir que se les diese el material adecuado para trabajar, salíamos (quien saliese) a aplaudir. Supongo que al batir palmas mataríamos muchos virus, al menos con los mosquitos funciona.

Pero es que no, los sanitarios no son héroes, nunca lo fueron. Son trabajadores que a veces tienen que estar en situaciones complejas, expuestos a contagios, porque ese es su trabajo, el que eligieron. Les forzamos a ser héroes (valga el oxímoron), más bien casi suicidas, cuando les obligamos o dejamos que se les obligue a hacer ese trabajo sin ninguna protección.

Pese a todo, nos inundaban con noticias de esa supuesta heroicidad (no puede haber heroicidad sin voluntariedad, y aquí no la había) y muchos fueron los que se sumaron a tal coro adocenado, mientras los sanitarios no sabían sin cortarse las venas o dejárselas largas, al ver que se les colocaba en un estatus épico no deseado, donde la abnegación y el sacrificio eran obligatorios.

¡Ah, pero tempus fugit!, y como dejó escrito Quevedo:

Cualquier instante de la vida humana

es nueva ejecución con que me advierte

cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana

Nos soltaron del encierro, y aquellos héroes, al poco, ya eran villanos. Empezamos a escuchar que en los centros de salud se atendía por teléfono, y que de ese modo los sanitarios podían tocarse los pelendengues todo el día sin dar palo al agua, que currasen como todo hijo de vecino, que en los hospitales se eternizaban las citas porque los sanitarios tampoco recibían o recibían poco… En fin, unos villanos a los que ajusticiar. De nuevo, dejamos que se nos orientase hacia lo cercano para eludir que mirásemos la verdad. Nos señalaban la luna y nos quedábamos embobados mirando el dedo.

Porque la verdad es que, tras el maratón sanitario de marzo, abril, mayo y junio, los sanitarios, como pecadores que son, se tomaron vacaciones. La verdad es que se dijo que se iban a sustituir el cien por cien de las vacantes, cuando se sabía que eso era imposible, simplemente porque no hay médicos: una demencial política universitaria de selección de aspirantes hace que sea imposible encontrar personal formado.

La verdad también es esta: mire, a finales de julio tuve que acudir a un centro de salud por un problema que necesitaba atención presencial. La consulta duraría alrededor de quince minutos, en los que el médico que me atendía recibió no menos de una docena de consultas telefónicas. Le pregunté cómo podía diagnosticar por teléfono, y la respuesta fue clara: “no puedo. Y no puedo porque cuando un paciente me dice que le duele ‘el lao’, ese ‘lao’ va desde el sobaco a la cadera y no puedo saber la localización exacta, si le duele a la presión, si cuando respira, si es agudo o no,… Nos someten a un estrés brutal, atendiendo muchos más pacientes y pretendiendo que diagnostiquemos casi a ciegas”

¿La solución es entonces abrir la consulta presencial? No, claro que no. Eso supondría decenas de personas en los pasillos, y el riesgo de contagios, incluidos el del personal sanitario, y si ellos enferman o tienen que ir a cuarentena, ¿quién nos atiende?

La solución es que la Administración diga la verdad y ponga los medios que se puedan para paliar el caos; que solo se acuda al médico si de verdad hay un problema que lo merece; que los sanitarios puedan derivar a consulta presencial, urgencias u hospital sin sentir presión, ni de la Administración ni de los ciudadanos. En fin, que puedan, dentro de lo posible, hacer su trabajo.

La solución no es colgar del palo mayor a los sanitarios, como antes no lo fue aplaudirles. Tampoco es culpar a otros, achacando a recortes pasados, puesto que si tal existió no se le ha puesto remedio, así que mejor calladitos. Y de ninguna manera es ocultar datos, sino hacer que los ciudadanos nos enfrentemos a la realidad, hablarnos claro. ¿Que por qué digo esto? Vean aquí:

https://www.newtral.es/transparencia-ccaa-datos-epidemiologicos-covid-19/20200810/

¿Va entendiéndose ahora mejor en qué consiste eso de la ‘total transparencia’?