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Es una tarde de agosto, el sol aprieta en lo alto, sobre el cielo de Cortijo Grande desde donde el señorito contempla el ancho mar de encinas de tonos oscuros; es tiempo de canículas, de cambios e incertidumbres en el ambiente, así que los habitantes de la hacienda andan revueltos; por eso se han acercado hasta el palacio. Desde los soportales él los contempla. Los primeros en llegar al atrio son los más débiles, los más bajos en la escala social que domina el tiempo: los porqueros, los encargados de cuidar los marranos ibéricos, le siguen los vaquerillos de las montañas, los jinetes de los caballos de pura raza andaluza y así hasta los diecisiete estamentos que conforman la pirámide.

El señorito los observa a los lejos con un puro habano y cubano en la manos mientras su piel se broncea levemente al sol, protegida por cremas de última generación. Él ya sabe el desenlace, siempre fue así, todos discuten y al final los guardeses del reino, vascos y catalanes, arrimarán el hombro a cambio de su lealtad y un buen puñado de euros para que el señorito continúe cada verano tomando el sol, sin que sea interrumpido por el clamor de los más débiles ante la hambruna a la que se ven sometidos, a los caprichos de la salud que cada día que pasa es más nociva. Es lo que les ha tocado vivir a fin de cuentas, el mundo siempre fue así, como si fuera un capítulo más de aquella obra de Miguel Debiles que hablaba de santos e inocentes. Lo malo es que los que sufren la desidia son cada vez más ignorados por los señoritos que bastante hacen con mantener la hacienda a través del gobierno más opaco de la democracia, enemigo de la transparencia y amigo de las mentiras que engordan un currículum de falsedades de cum laude.

Como si fuera un Napoleoncito, aquel hombre que guillotinó Borbones en nombre de la libertad y terminó proclamándose emperador, el señorito mira para otro lado, para el lado del espejo pues un cierto complejo de reina de Blancanieves le domina:

-Dime espejito, quién es el más guapo y bueno del reino.

Y el espejo “redondo” siempre contesta lo mismo:

– Tú mi señor, sólo tú.

En realidad es un hombre hueco que consiguió ocupar Cortijo Grande a través de la mentira, inventando comités de expertos que nunca existieron, sólo por ello en cualquier sociedad civilizada le hubieran expulsado del gobierno de la heredad, y permanece reo de la sombra que proyecta el espejo.

Todo lo hace bien, hasta lo que hace mal lo hace perfecto. Un día, sin ir más lejos, se inventó hasta un informe de una universidad lejana para demostrar que el espejo nunca miente y que él, sólo él, era el mejor del mundo mundial; alguien le reprochó su mentira pero le dio igual, el informe existe porque existe, y punto pelotas.

Hoy las comunidades del latifundio andan a grescas porque no les llega a fin de mes y no tienen medios suficientes para aplacar una pandemia que amenaza con diezmarlas, pero su clamor cae en saco roto, ¿a quién le importa? Sólo los más fuertes, los de siempre, en tiempos de dictaduras y dictablandas sobrevivirán con su interesado y celoso apoyo. Siempre fue así, así que en Cortijo Grande todo permanece igual que en aquellos tiempos que llegó hasta él un personaje terrible que venía del Pazo de Meirás. Nada ha cambiado, bueno sí, ahora el sol sale por el este porque el espejo invierte las cosas, tanto que hasta domina los horizontes más lejanos que llegan de Europa.

Confieso que subestimé a este señorito de novela de Delibes y que no más lo creí un narciso sobre el jardín de los incapaces, rodeado de generales varios que aplauden como aplauden con las aletas las focas de Cabárceno, mientras el mundo se iba arrastrando a sus pies. Pero me equivoqué, vamos que si erré; en esa banda del patio de dibujos animados, él es sin lugar a dudas Jasper, el líder del grupo que luce gorra del revés; los demás, pueriles sombras sobre la arena del colegio de la finca, al que ahora aconsejan se acuda en burro por cuestiones sanitarias. Menos mal que al menos Margarita Spinelli tiene una salud de “roble” y los mantiene a raya, en especial al odiado Randall, que la odia, y cuyo modelo a seguir son las lagartijas.

Es un día de agosto y hace calor, pero el señorito con puro habano cubano en la mano, contempla el mundo a sus pies, lo ha conseguido, ha conseguido estar donde siempre quiso estar, en lo más alto. Los del cortijo de la derecha andan “desnortados” así que han dejado de ser una amenaza, están perdidos como una gaviota que navega sin rumbo por la inmensidad del océano, sobre todo desde que un oso de Atapuerca rebusca entre los cubos de basura de la granja. Su Borjamari, el señorito que gobierna el cortijo, es un chico enclenque y débil.

El rey todopoderoso se ha marchado, dejando hueco el retablo de la iglesia que pronto rellenará con su busto, y su principal enemigo, aquel que una vez osó con el sorpasso, ha caído presa de sus propias vanidades y ya está muerto en vida; de vez en cuando suelta algún coletazo, pero resulta tan inofensivo como un alacrán al que han amputado la cola que tanto amenazara al mundo.

Confieso que lo subestimé y que hoy es, paradojas del destino, lo único “sólido” para afrontar la que se avecina, aunque navegue sobre un océano de mentiras y viva como un rey Sol, preso del embrujo de un espejo redondo donde sólo se refleja él. Aunque para ello haya dejado de ser el señorito de novela de Delibes y el Napoleoncito que no conoció la libertad, sino que sólo la soñó desde la altivez de Cortijo Grande y haya sido necesario incendiar todo un país, sacrificar a sus súbditos y abocarlos a la ruina más espantosa que se haya conocido jamás. Un país en llamas, así es como le gusta a Nerón ver a Roma: en llamas, mientras él desde su alcoba toca las cuerdas de la lira para no escuchar el llanto de los quemados, las lágrimas de los abrasados o la desesperación de aquellos a los que ha llamado a sus puertas la ruina.

Paradojas del destino, el señorito del cortijo más asolado por la negligencia es el único clavo al que aferrarse aunque esté ardiendo; para una vez que tenemos un señorito que habla inglés, necesitábamos un médico que hablara español, qué pena. ¡¡Siempre fue así¡¡ Espero por el bien común que tomar el sol sobre el pórtico no le abrase las entrañas a Nerón, aunque ya sabemos como acabó. Nerón, me refiero.