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Se llamaba Julia. Era natural de Granadilla. Llegó a Plasencia el 23 de abril de 1964, con 18 años, según las bajas del padrón de la desaparecida villa. Cursó Magisterio en la Normal de Cáceres. Estuvo en casa, como una más de la familia.

Los domingos, cuando todos salíamos de paseo o al cine, ella se quedaba estudiando en la mesa-camilla. Terminare un día y se fue a ejercer su profesión. El destino la llevó a Carcaboso, junto al que después sería su alcalde, Fernando Pizarro (Plasencia, 1975). Julia de la Flor Garzón falleció el día de la Asunción, patrona de su pueblo, mediada la tarde.

Plasencia fue su primer y último destino, tras Carcaboso. Allí estudió el Bachiller en el antiguo colegio de las Josefinas (hoy, escuela-hogar). En el nuevo, inaugurado en 1967 (tres años después de llegar a la ciudad de Jerte), Julia daría clases hasta su jubilación. Tan solo nos vimos una vez más. Estábamos en el Teatro-Cine Alkázar el día de la adopción. Se acercó a mí para saludarme. Apenas la reconocía; ella me llamó por mi nombre.

Nació en Granadilla, pero solo nos vimos en Cáceres y Plasencia. Solo su nombre en el recuerdo, tras el destierro de la villa perdida. Apenas había pasado de los 70. ¿Y de qué ha fallecido?, preguntamos, con tanta vida como hubiere: y ahora, ya sí, aunque la hubiéremos vuelto a ver, no nos reconocería.

El Alzheimer se la ha llevado. La muerte siempre tiene una excusa y hasta las flores más vivas se marchitan con ella. Julia era una flor, de apellido, alma y corazón; pero se fue de su pueblo, de Carcaboso y de Plasencia, su segunda ciudad, asunta al cielo, como nuestra patrona; como una perseida, ella por nombre Julia, entre julio y agosto, como las lágrimas de San Lorenzo.