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Descubrí a Serrat en 1975 en el Colegio Menor de la Juventud «Donoso Cortés» de Cáceres, un internado de los de antes frente al Complejo Cultural San Francisco, que entonces era un centro de huérfanos. El «Donoso Cortés» no es que fuese un colegio de niños bien, pero estábamos obligados a salir uniformados los fines de semana y nos vestía El Corte Inglés con americana azul marino, pantalón gris, camisa blanca y corbata burdeos.

En el Donoso, que era como popularmente se conocía al colegio, cuando alcanzábamos un logro se nos premiaba izando una bandera, perfectamente uniformados y alineados en el patio, y esa enseña podía ser la de España, pero también la del Frente de Juventudes. Eso sucedió hasta bien transcurrida la muerte de Franco, que no sólo nos permitió disfrutar de 21 días de vacaciones, sino también desfilar hasta el Gobierno Civil en la Avenida de la Montaña, donde todos estampamos en un libro de condolencias nuestra firma en señal de duelo. Reconozco que disfrutaría leyendo ahora, 45 años después, las frases que dedicaron al Caudillo muchos de cuantos estaban internos porque, pese a ser un colegio de niños uniformados, con el paso de los años y la madurez, la vida convirtió a buena parte de su alumnado en fervientes progresistas que han alcanzado la popularidad en puestos de responsabilidad en consejerías, direcciones generales, partidos políticos y alcaldías dentro y fuera de Extremadura.

En las mañanas de mediados de los 70 Serrat ponía la banda sonora a las vidas de aquellos niños del franquismo: nos despertaba, nos avisaba de la hora del almuerzo y nos acompañaba en nuestros momentos de nostalgia, que eran muchos; porque en los internados de entonces los niños veíamos a nuestros padres tres veces al año, o lo que es lo mismo, en verano, Navidad y Semana Santa. Poco dado a idolatrar a celebridades, he de reconocer que el compositor catalán me cautivó desde mi más inocente infancia, ya fuera cantando al mediterráneo o a los poetas que nos enseñaron a amar las letras. Y con Juan Manuel descubrí a Machado, ese que dibujó «La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta, que ha de tener su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta».

Un siglo y pico después hemos resucitado la España de charanga y pandereta que ya antes había sacado a relucir Juan Manuel y que continúa tan vigente como entonces. En la Extremadura de charanga y pandereta, si me permiten estrechar el círculo, nos acordamos de Dios y de los Santos cuando truena, pero nunca cuando luce el sol. Sacamos a nuestros santos en procesión, vivimos los días de fiesta en su honor aun siendo ateos y vamos a misa cuando nuestros hijos comulgan por primera vez o cuando se unen en matrimonio. Desde que murió Machado, don Antonio, en este país -esta región- de contradicciones, hemos cambiado las tabernas por los pubes, el vino por los gin-tonics, las fiambreras por los restaurantes y las largas jornadas de sol a sol por convenios colectivos, que bastante trabajaron quienes nos precedieron. Estamos echando el mundo -la región- a perder casi sin darnos cuenta porque la vida es breve y hay que vivirla, y el que venga detrás que arreé, que para eso llegó el último.

A la Extremadura de charanga y pandereta de Machado ha llegado sin avisar un virus que se pasea impunemente por calles, pubes, restaurantes, playas y aviones, pero la triste sociedad que entre todos hemos construido lo está metiendo en sus vidas como si fuese el vecino de enfrente. Esta sociedad que ya no acepta chistes de machos, mujeres, gays ni gangosos, por perder, ha perdido hasta el humor y el resultado es que somos cada vez más tristes, más apagados, más oscuros, menos nosotros. Seguimos siendo el país de charanga y pandereta de Machado, pero sin chistes. Y es que ya no tenemos gracia ni para respetar a los que nos rodean ni para ponernos una triste mascarilla que disimule nuestro ya de por sí triste rostro.