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Hace unos días, adelantaba mi intención de hablaros del amor imposible. Desde mi ventana,  Coria no es una ciudad milenaria que tiene una catedral, sino más bien hay una Catedral, que antes fue iglesia (Iclesia) y antes, seguramente una Domus Eclesiae, en lo que coincido con Carmen Sanabria, que tiene una ciudad. Siempre se reconocieron los filhosdalgos por vivir de sus apariencias y en base a su estado sólo deberían reclinarse ante Dios y “arrejuntarse”  con los de su clase. Es por ello frecuente encontrarse en nuestra ciudad “las que quedaron para vestir santos”.

La historia del amor imposible entre nuestros muros comienza en los principios de siglo, cuando una familia se desplaza a Coria para aprovechar el trabajo que da la construcción del nuevo Puente de Hierro. Aparecen herreros, pedreros, forjadores  y todo tipo de profesiones relacionadas con esta construcción. Viene una familia de los contornos de la Sierra de San Pedro, cercanos a Salorino y Herreruela, que se asienta y con cuyo trabajo y esfuerzo, además de su ascendencia judía por los apellidos que no lo ocultan, se dedican a los negocios y van progresando en el arte de los coloniales hasta hacerse con un  cierto prestigio en esa sociedad casullística.

He aquí que de esa familia nace un hijo al que llamaremos Ramón, como su padre, y que con el paso del tiempo y entre juegos de intramuros conoce a Paula, cuya familia, aunque también entró en el negocio de las telas y otras algarabías, no debió  tener tanto éxito; y jugando se enamoran. Se aman y se sueñan por los rincones, por las estrechas calles y en las noches de estío, que entonces sí que lo eran por la falta de humedad de los posteriores pantanos.

Llegado un día deciden hacer público su amor y presentarlo a los padres. La respuesta que reciben es que era un amor imposible, pues no eran de la misma condición social; insistieron y la respuesta no mudó un ápice. Entonces tomaron una decisión que juraron llevar hasta las últimas consecuencias y a la sombra de los árboles de La Isla, allí donde la cruz marcaba el territorio, juraron que su amor seria eterno. Él  procesaría  los hábitos de San Francisco, franciscano descalzo de la orden,  y ella entraría en un convento de clausura  también de la Orden Franciscana. De esta forma permanecerían siempre unidos mediante el espíritu de Francisco hasta que la muerte los uniera para siempre.

Y lo cumplieron, claro que lo cumplieron. Él además se entregó a las misiones y recorrió Sudamérica; su amor, además de su Paula, para siempre fueron los San Juanes, su Coria -la de la Catedral que no podía olvidar- y su Virgen de Argeme, a la que pregonó algunas veces. Recuerdo su emoción en el púlpito improvisado de madera que temblaba con su potente voz y sus puntapiés al suelo. ¡Cómo lloraba de emoción con su Virgen y su Paula!

Ella se dedicó a rezar por todos y nunca abandonó la reclusión, y desde la clausura nunca pudo olvidar al amor de su vida.

Ya no están y me emociono cuando encuentro alguno de sus recuerdos entre los papeles viejos, amarillentos, de la casa que fue de sus padres, en la que nunca volvió a entrar mientras ellos vivieron porque además fue desheredado. Amor imposible y verdadero.