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El Ministerio de Defensa acaba de anunciar que se suspende el desfile del Día de la Pascua Militar, la enésima abolición que nos deja las secuelas, aún en carne viva,  de esta terrible pandemia. Con anterioridad, y ya más centrado en nuestro entorno, se suspendieron la Semana Santa, las romerías primaverales, los Sanjuanes de Coria o las Fiestas de San Buenaventura en Moraleja, manifestaciones todas de un carisma y un fervor con el que nos identificamos todos y cada uno de nosotros. Aunque para quien suscribe, la supresión más dolorosa ha sido la del Jueves Turístico de Coria, allá por el 15 de agosto.

Ese día tan particular, y durante los últimos años, gustaba de pasar la mañana acompañado de mi hijo pequeño Manu; visitar las distintas plazas de la hermosa parte antigua de Coria y recorrer sus calles repletas de vida, de música, de aromas y sabores, pues en realidad este día es un mercado franco de dimensiones estratosféricas. A Manu le gustaban especialmente los puestos de artesanía medieval; así, raro era el año que no marchaba con su arco, sus flechas, sus escudos y espadas al hombro con una sonrisa que alimentaba sus sueños. Yo por el contrario soy más prosaico y buscaba el puesto de una familia de Santibáñez El Bajo, para comprar unas patateras, que son un primor, y a un amigo de Ceclavín que produce un queso de cabra de esos que te arde el cielo de la boca. Cuando el calor apretaba nos encaminábamos a casa y Manu pasaba la tarde enfrentándose a moros y cristianos, y yo, en doloroso trance, poseído por el demonio y sus huestes que plantaban sus semillas en mi estómago, pues tanto la patatera, ese “chorizo de los pobres”, como el queso de cabra, son nocivos para mi frágil estómago y mi resentido corazón.

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-Pues no lo comas -aconsejaba mi mujer que es una santa-.

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– Sí, pero y el placer de comer lo prohibido y el momento de gloria celestial al consumirlo, -le contestaba yo, aunque viviera un infierno, os repito, toda la tarde-.

Este año, con la que nos ha caído, tenía especial interés en el Jueves Turístico, entre tras cosas porque mi Manu ya ha cumplido los quince y ya no me acompañaría, y porque tenía in mente perderme por la calle de los alfareros y en uno de los muchos puestos de artesanía del barro, como unos que vienen cada año desde Salvatierra de los Barros, y comprar una piara de guarros de barro de esos que utilizábamos en mi infancia como huchas para que mis hijos pudieran ahorrar algo, ahora que aún viven sus abuelos y pueden pedirles “la paga”; porque lo que se les viene encima, pobrecitos míos, es terrible y dramático.

Otra generación que se quedará en barro de “ninis” por la dejadez y negligencia de estos políticos de nuevo cuño que se creen divinidades de lo público y que no son más que “dioses de barro”, de oquedades oscuras y silenciosas. Otra generación de jóvenes más que hemos abandonado a su suerte mientras nos empecinábamos en buscar el sexo de los ángeles, en ministerios de la verdad que da igual, que igual da. Ya lo hicieron las anteriores providencias de arcilla, dejando que la mejor generación que ha parido este país deambule por el mundo de las sombras, y lo han vuelto a repetir los presentes olvidando que las generaciones venideras son el futuro de nuestro maltrecho país, hoy puesto en entredicho más que nunca con un guerracivilismo y un cainismo que asustan.

Yo por si acaso estoy por acercarme hasta la vecina Torrejoncillo, donde aún quedan obradores, y comprar un par de tinajas de barro para que cuando llegue el demonio, que llegará, aunque hoy Europa nos vaya a aliviar la caída, mis hijos puedan guarecerse y escabullirse tal como hiciera Enrique de Aragón, Marqués de Villena, en la cueva de la vecina Salamanca, donde el demonio impartía sus clases. Tras escapar de las garras del maligno, éste le condenó a vagar por el mundo sin sombra, dejándola para siempre en el interior de la cueva.

Lo malo es que a mis hijos y a su generación ya les hemos arrebatado su silueta, sin duda el verdadero fracaso de mi generación, pues no hay nada más hiriente que caminar por el mundo sin sombra, en ocasiones y en los peores momentos, tu única compañía.


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