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En tiempos de Covid, de incertidumbres y lamentos, La mañana llama a la puerta de quienes buscan un espacio periodístico diferente. No se trata de un nuevo medio de comunicación, sino de un soporte renovado y adaptado a las nuevas tecnologías. Por extraño que parezca, este medio digital que ahora leen nació hace 20 años, cuando las conexiones a Internet se hacían a través de un cable telefónico y un router que provocaba un sonido galáctico. Llegamos al público cuando a Facebook aún le quedaban cuatro años para irrumpir en el mundo, cuando Twitter tenía por delante seis años para ser una realidad y una década antes de que Instagram se acomodase en sus vidas. Por tanto, muchos de ustedes nos conocen lo suficiente como para tener una opinión sobre nosotros.

La mañana es una nueva marca, es el paquete que envuelve y protege el envío, pero el mensajero es el mismo aunque con 20 años más. A lo largo de este tiempo hemos tenido la suerte de conocer la evolución tecnológica de un sector que, en la prensa escrita, pasó de las linotipias al offset y de éste, casi sin aviso, al mundo digital. En la radio sucedió algo parecido con la evolución de la onda media a la frecuencia modulada y la irrupción de novedosos sistemas de automatización en las emisoras que provocaron una revolución tecnológica, pero también una sangría de despidos en las empresas periodísticas.

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Cuando algunos ignorantes confiaban en que aún teníamos que salir de la crisis del 2008, que estaba más que amortizada y olvidada, un nuevo bofetón económico ha golpeado al mundo sin piedad. Un arma letal en forma de pandemia ha destrozado miles de vidas humanas y, por extensión, se ha llevado por delante empresas y proyectos de futuro.

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Con este pretexto, que no es nada nuevo, los medios de comunicación asisten a esta nueva revolución social claramente divididos y movidos por intereses económicos que les empujan a defender su parcela de poder y a salvaguardar sus ingresos a costa de menospreciar a su público en una tremenda falta de respeto hacia el ser humano. El adoctrinamiento del que hacen gala unos y otros utilizando sus altavoces mediáticos provoca sonrojo y constituye un insulto a la inteligencia de quienes durante años se han convertido en su audiencia. Créanme si les digo que no nos encontramos entre ellos.

Durante toda la vida hemos decidido anteponer los intereses periodísticos a los empresariales, aun a sabiendas del riesgo que corríamos y de que las grandes empresas periodísticas jugaban un papel distinto al nuestro en esta guerra. Estoy convencido de que habremos cometido más errores de los que nos hubiese gustado, de que habremos puesto el acento crítico para desgracia de unos y alegría de otros, pero tengan el convencimiento de que nunca hemos perdido la dignidad.

No pueden imaginar lo difícil que resulta subsistir en un mar de tiburones donde los gobiernos, independientemente del signo que sean, siempre se alinean del lado del poderoso, que es el que les concede titulares en portada y espacios de gran audiencia. Los grandes medios siempre se han acordado de esta bendita tierra para lo mismo y he de reconocer que hay días que me abochorna digerir titulares, casi siempre supeditados a una campaña publicitaria. Es lo que tienen las crisis, sean del tipo que sean; cuanto mayores son, menores son los derechos y libertades de los ciudadanos que las soportan. Y aun así, aquí estamos nosotros, aguantando el chaparrón, aunque sólo sea para llevarles un pequeño soplo de libertad cada mañana.


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