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Talayuela, junio de 2007. Son las 14.30 del martes, 5 de junio. Yahya Benaouda, uno de los dos imanes de la mezquita de Talayuela, invita al periodista a seguir el ritual del Islam para acceder al lugar de culto que se encuentra en la calle Zurbarán: hay que descalzarse para entrar. El suelo está cubierto por alfombras multicolores y la techumbre cubierta con maderas y cartones. El templo es, en realidad, un viejo secadero de tabaco en el que ratifican su fe hasta cinco veces al día, la primera de ellas a las 5 de la madrugada, los magrebíes residentes en Talayuela.

La comunidad islámica ha recaudado ya 130.000 euros para levantar una nueva mezquita, pero no existe dinero suficiente para finalizar la obra. Se han remitido cartas a los magrebíes residentes en el municipio, se ha visitado a los fieles puerta a puerta y se han celebrado reuniones en las que se solicitan aportaciones para levantar el nuevo templo, cuya estructura ya se ha finalizado.

"Nuestra cultura trata igual a los niños que a las niñas y el Corán dice que hay que ayudarles y protegerles mientras vivan", explica Abdellah Errguig, secretario general de la asociación Annour, que vela por la defensa de los intereses de los magrebíes.

El Corán es más que una religión, es un modo de vida. Yahya Benaouda prefiere decir que es "imán suplente" porque el que ejerce desde hace años en Talayuela es Mohamed Laaraj, de mayor edad. Benaouda tiene 36 años de edad y lleva nueve en Talayuela; está casado y es padre de dos hijas, de 19 y 23 años. Acude a clases para obtener el carnet de conducir; por eso utiliza con frecuencia la palabra "ejes" en sus conversaciones en castellano. Benaouda tiene barba, como Laaraj.

"Es mejor que los imanes tengan barba", sentencia. La suya es más prolongada y morena, la de Laaraj es blanca y recortada.

El imán más joven de la mezquita de Talayuela trabaja en el campo y come de todo, salvo cerdo. El Corán les prohíbe la ingesta de alcohol "porque es la madre de todos los daños", afirma con rotundidad su colega Abdellah.

La comunidad islámica en Talayuela preserva como puede sus creencias en un municipio en el que la falta de infraestructuras obliga a desarrollar la imaginación. Si el horario laboral impide acudir a la mezquita se reza en cualquier lugar, en pleno campo si es preciso, siempre que el sitio sea limpio. La carne se compra en lugares de confianza porque ha de sacrificarse mirando a La Meca. Los magrebíes comen de todo: frutas, pescado, verduras y carne de ternera, pollo, cordero o cabrito.

"Cuando sacrificamos un cordero lo más importante es decir al inicio que lo hacemos en nombre de Dios", explica el secretario general de Annour. El ritual debe seguir unas pautas: debe cortarse el cuello del animal para que se derrame toda la sangre en una ceremonia de purificación que espanta cualquier posibilidad de contaminación de enfermedades o males.

UNA CULTURA DISTINTA

El Islam no castiga a los polígamos; todo lo contrario: es mejor tener varias mujeres que estar casado con una sola y ser infiel. La infidelidad está castigada en una cultura muy distinta a la europea en la que los niños reciben desde su nacimiento una señal que les une a su religión.

"Al nacer nuestros hijos les hacemos un llamamiento al oído para que recen; se les pone un nombre musulmán y en la primera semana del nacimiento se hace una fiesta religiosa", cuenta Abdellah.

El Corán establece la obligatoriedad de que los niños se alimenten con la leche materna hasta cumplir los dos años de edad siempre que la disposición física de la madre lo permita. Cuando las niñas alcanzan la madurez, algo que suele coincidir con la primera menstruación, comienzan a usar el ‘hiyab', un pañuelo que cubre su cabeza y con el que van, incluso, a clase.

Yahya Benaouda es un imán con barba, con teléfono móvil y, muy pronto, con permiso de conducir. Usa chilaba, pero no siempre, y como todos los fieles al Corán, tiene muy claras las obligaciones que ha de cumplir antes de entrar en la mezquita.

"Es necesario ir descalzo y limpio; no puedes entrar después de una relación sexual, tienes que limpiarte, ducharte, antes de acceder", aclara. Eso es lo que se conoce entre la comunidad islámica como ‘atahar' o ‘al wudoue', que es un ejercicio de purificación antes de entrar en contacto con Dios.

La asociación Annour se encuentra actualizando los datos del censo de inmigrantes de su comunidad residentes en Talayuela. Los últimos indicadores de que disponen hablan de 3.995 magrebíes (2.934 hombres y 1.061 mujeres) en un pueblo que acoge hasta 24 nacionalidades distintas y donde comienza a escasear la mano de obra en el campo, que ha sido su principal sustento en la última década. La comunidad islámica en Talayuela es lo suficientemente amplia como para no caer en la tentación de tener que buscar pareja entre los nativos.

"En nuestra cultura está prohibido casarse con una persona de otra religión", advierte el imán más joven de la mezquita. Entre semana, las mujeres rezan en casa y los hombres van a la mezquita dentro de un ritual que sólo se rompe los viernes, que es cuando se advierte mayor presencia femenina en el lugar de las oraciones. Pero cuando se nota un cambio importante es coincidiendo con el Ramadán, el noveno mes del calendario musulmán, conocido internacionalmente por ser en el que los musulmanes realizan un ayuno diario desde la salida hasta la puesta del sol. Este año será el 13 de septiembre y cada año, el calendario islámico, que se rige por las fases de la luna, determina que debe celebrarse 12 días antes de la fecha en que tuvo lugar el año anterior. El Ramadán dura entre 29 y 30 días, según la fase lunar, y prohíbe durante el día las relaciones sexuales y la ingesta de alimentos y bebida, incluso agua.

Yahya saluda a sus fieles con el típico ‘salam', aunque si son españoles lo cambia por un ‘hola'. A veces usa una ‘takiya' que le cubre la cabeza y que siempre lleva cuando ejerce de imán en la mezquita. La oración dura unos 15 minutos y los asistentes se implican en un rito que les obliga a agacharse y levantarse constantemente. Cada oración es una súplica por la salud, por el bienestar, por la vida. Porque morir cuesta caro en Talayuela para un magrebí que no tiene un cementerio en el que descansar. Por eso Abdellah y los suyos, como la mayoría de compatriotas, tiene concertada una póliza con una entidad bancaria que les garantiza la repatriación a Marruecos en caso de fallecimiento por la módica cantidad de 130 euros anuales. Es lo que cuesta morir en paz.